sábado, 2 de enero de 2010

Cuentística Dariana



El velo de la reina Mab
[Cuento. Texto completo]
Rubén Darío

La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados.
Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes cabelleras espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro encendido; y a quiénes talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienen las crines en la carrera.

Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.

***

La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:

-¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus que muestra su desnudez bajo el plafond color de cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica; y que circule por las venas de la estatua una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semi-dios, en el recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico chitón, mostrando la esplendidez de la forma, en sus cuerpos de rosa y de nieve. Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como un verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el desaliento.

***

Y decía el otro:

-Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris, y esta gran paleta del campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de Diana y el rostro de la Madona. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus magnificencias, con los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah, pero siempre el terrible desencanto! ¡El porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!

¡Y yo, que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el gran cuadro que tengo aquí adentro...!

***

Y decía el otro:

-Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales, brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas.

La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa y la celda del manicomio.

***

Y el último:

-Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de su luz suprema, es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces si veis mi alma, conoceréis a mi Musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al sano aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre...

***

Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.

Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándolas alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento manuscrito.

FIN
Huitzilopoxtli
[Cuento. Texto completo]
Rubén Darío

Tuve que ir, hace poco tiempo, en una comisión periodística, de una ciudad frontera de los Estados Unidos, a un punto mexicano en que había un destacamento de Carranza. Allí se me dio una recomendación y un salvoconducto para penetrar en la parte de territorio dependiente de Pancho Villa, el guerrillero y caudillo militar formidable. Yo tenía que ver un amigo, teniente en las milicias revolucionarias, el cual me había ofrecido datos para mis informaciones, asegurándome que nada tendría que temer durante mi permanencia en su campo.
Hice el viaje, en automóvil, hasta un poco más allá de la línea fronteriza en compañía de mister John Perhaps, médico, y también hombre de periodismo, al servicio de diarios yanquis, y del Coronel Reguera, o mejor dicho, el Padre Reguera, uno de los hombres más raros y terribles que haya conocido en mi vida. El Padre Reguera es un antiguo fraile que, joven en tiempo de Maximiliano, imperialista, naturalmente, cambió en el tiempo de Porfirio Díaz de Emperador sin cambiar en nada de lo demás. Es un viejo fraile vasco que cree en que todo está dispuesto por la resolución divina. Sobre todo, el derecho divino del mando es para él indiscutible.

-Porfirio dominó -decía- porque Dios lo quiso. Porque así debía ser.

-¡No diga macanas! -contestaba mister Perhaps, que había estado en la Argentina.

-Pero a Porfirio le faltó la comunicación con la Divinidad... ¡Al que no respeta el misterio se lo lleva el diablo! Y Porfirio nos hizo andar sin sotana por las calles. En cambio Madero...

Aquí en México, sobre todo, se vive en un suelo que está repleto de misterio. Todos esos indios que hay no respiran otra cosa. Y el destino de la nación mexicana está todavía en poder de las primitivas divinidades de los aborígenes. En otras partes se dice: "Rascad... y aparecerá el...". Aquí no hay que rascar nada. El misterio azteca, o maya, vive en todo mexicano por mucha mezcla social que haya en su sangre, y esto en pocos.

-Coronel, ¡tome un whisky! dijo mister Perhaps, tendiéndole su frasco de ruolz.

-Prefiero el comiteco- respondió el Padre Reguera, y me tendió un papel con sal, que sacó de un bolsón, y una cantimplora llena de licor mexicano.

Andando, andando, llegamos al extremo de un bosque, en donde oímos un grito:

"¡Alto!". Nos detuvimos. No se podía pasar por ahí. Unos cuantos soldados indios, descalzos, con sus grandes sombrerones y sus rifles listos, nos detuvieron.

El Viejo Reguera parlamentó con el principal, quien conocía también al yanqui. Todo acabó bien. Tuvimos dos mulas y un caballejo para llegar al punto de nuestro destino. Hacía luna cuando seguimos la marcha. Fuimos paso a paso. De pronto exclamé dirigiéndome al viejo Reguera:

-Reguera, ¿cómo quiere que le llame, Coronel o Padre?

-¡Como la que lo parió! - bufó el apergaminado personaje.

-Lo digo- repuse- porque tengo que preguntarle sobre cosas que a mí me preocupan bastante.

Las dos mulas iban a un trotecito regular, y solamente mister Perhaps se detenía de cuando en cuando a arreglar la cincha de su caballo, aunque lo principal era el engullimiento de su whisky.

Dejé que pasara el yanqui adelante, y luego, acercando mi caballería a la del Padre Reguera, le dije:

-Usted es un hombre valiente, práctico y antiguo. A usted le respetan y lo quieren mucho todas estas indiadas. Dígame en confianza: ¿es cierto que todavía se suelen ver aquí cosas extraordinarias, como en tiempos de la conquista?

-¡Buen diablo se lo lleve a usted! ¿Tiene tabaco?

Le di un cigarro.

-Pues le diré a usted. Desde hace muchos años conozco a estos indios como a mí mismo, y vivo entre ellos como si fuese uno de ellos. Me vine aquí muy muchacho, desde en tiempo de Maximiliano. Ya era cura y sigo siendo cura, y moriré cura.

-¿Y...?

-No se meta en eso.

-Tiene usted razón, Padre; pero sí me permitirá que me interese en su extraña vida. ¿Cómo usted ha podido ser durante tantos años sacerdote, militar, hombre que tiene una leyenda, metido por tanto tiempo entre los indios, y por último aparecer en la Revolución con Madero? ¿No se había dicho que Porfirio le había ganado a usted?

El viejo Reguera soltó una gran carcajada.

-Mientras Porfirio tuvo a Dios, todo anduvo muy bien; y eso por doña Carmen...

-¿Cómo, padre?

-Pues así... Lo que hay es que los otros dioses...

-¿Cuáles, Padre?

-Los de la tierra...

-¿Pero usted cree en ellos?

-Calla, muchacho, y tómate otro comiteco.

-Invitemos -le dije- a míster Perhaps que se ha ido ya muy delantero.

-¡Eh, Perhaps! ¡Perhaps!

No nos contestó el yanqui.

-Espere- le dije, Padre Reguera; voy a ver si lo alcanzo.

-No vaya- me contestó mirando al fondo de la selva. Tome su comiteco

El alcohol azteca había puesto en mi sangre una actividad singular. A poco andar en silencio, me dijo el Padre:

-Si Madero no se hubiera dejado engañar...

-¿De los políticos?

-No, hijo; de los diablos...

-¿Cómo es eso?

-Usted sabe.

-Lo del espiritismo...

-Nada de eso. Lo que hay es que él logró ponerse en comunicación con los dioses viejos...

-¡Pero, padre...!

-Sí, muchacho, sí, y te lo digo porque, aunque yo diga misa, eso no me quita lo aprendido por todas esas regiones en tantos años... Y te advierto una cosa: con la cruz hemos hecho aquí muy poco, y por dentro y por fuera el alma y las formas de los primitivos ídolos nos vencen... Aquí no hubo suficientes cadenas cristianas para esclavizar a las divinidades de antes; y cada vez que han podido, y ahora sobre todo, esos diablos se muestran.

Mi mula dio un salto atrás toda agitada y temblorosa, quise hacerla pasar y fue imposible.

-Quieto, quieto- me dijo Reguera.

Sacó su largo cuchillo y cortó de un árbol un varejón, y luego con él dio unos cuantos golpes en el suelo.

-No se asuste -me dijo-; es una cascabel.

Y vi entonces una gran víbora que quedaba muerta a lo largo del camino. Y cuando seguimos el viaje, oí una sorda risita del cura...

-No hemos vuelto a ver al yanqui le dije.

-No se preocupe; ya le encontraremos alguna vez.

Seguimos adelante. Hubo que pasar a través de una gran arboleda tras la cual oíase el ruido del agua en una quebrada. A poco: "¡Alto!"

-¿Otra vez? - le dije a Reguera.

-Sí -me contestó-. Estamos en el sitio más delicado que ocupan las fuerzas revolucionarias. ¡Paciencia!

Un oficial con varios soldados se adelantaron. Reguera les habló y oí contestar al oficial:

-Imposible pasar más adelante. Habrá que quedar ahí hasta el amanecer.

Escogimos para reposar un escampado bajo un gran ahuehuete.

De más decir que yo no podía dormir. Yo había terminado mi tabaco y pedí a Reguera.

-Tengo -me dijo- , pero con mariguana.

Acepté, pero con miedo, pues conozco los efectos de esa yerba embrujadora, y me puse a fumar. En seguida el cura roncaba y yo no podía dormir.

Todo era silencio en la selva, pero silencio temeroso, bajo la luz pálida de la luna. De pronto escuché a lo lejos como un quejido largo y aullante, que luego fue un coro de aullidos. Yo ya conocía esa siniestra música de las selvas salvajes: era el aullido de los coyotes.

Me incorporé cuando sentí que los clamores se iban acercando. No me sentía bien y me acordé de la mariguana del cura. Si sería eso...

Los aullidos aumentaban. Sin despertar al viejo Reguera, tomé mi revólver y me fui hacia el lado en donde estaba el peligro.

Caminé y me interné un tanto en la floresta, hasta que vi una especie de claridad que no era la de la luna, puesto que la claridad lunar, fuera del bosque era blanca, y ésta, dentro, era dorada. Continué internándome hasta donde escuchaba como un vago rumor de voces humanas alternando de cuando en cuando con los aullidos de los coyotes.

Avancé hasta donde me fue posible. He aquí lo que vi: un enorme ídolo de piedra, que era ídolo y altar al mismo tiempo, se alzaba en esa claridad que apenas he indicado. Imposible detallar nada. Dos cabezas de serpiente, que eran como brazos o tentáculos del bloque, se juntaban en la parte superior, sobre una especie de inmensa testa descarnada, que tenía a su alrededor una ristra de manos cortadas, sobre un collar de perlas, y debajo de eso, vi, en vida de vida, un movimiento monstruoso. Pero ante todo observé unos cuantos indios, de los mismos que nos habían servido para el acarreo de nuestros equipajes, y que silenciosos y hieráticamente daban vueltas alrededor de aquel altar viviente.

Viviente, porque fijándome bien, y recordando mis lecturas especiales, me convencí de que aquello era un altar de Teoyaomiqui, la diosa mexicana de la muerte. En aquella piedra se agitaban serpientes vivas, y adquiría el espectáculo una actualidad espantable.

Me adelanté. Sin aullar, en un silencio fatal, llegó una tropa de coyotes y rodeó el altar misterioso. Noté que las serpientes, aglomeradas, se agitaban; y al pie del bloque ofídico, un cuerpo se movía, el cuerpo de un hombre: Mister Perhaps estaba allí.

Tras un tronco de árbol yo estaba en mi pavoroso silencio. Creí padecer una alucinación; pero lo que en realidad había era aquel gran círculo que formaban esos lobos de América, esos aullantes coyotes más fatídicos que los lobos de Europa.

Al día siguiente, cuando llegamos al campamento, hubo que llamar al médico para mí.

Pregunté por el Padre Reguera.

-El Coronel Reguera -me dijo la persona que estaba cerca de mí- está en este momento ocupado. Le faltan tres por fusilar.

FIN

Cuentística Dariana



El rubí
[Cuento. Texto completo]
Rubén Darío

-¡Ah! ¡Conque es cierto! Conque ese sabio parisiense ha logrado sacar del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que están incrustados los muros de mi palacio!

Y al decir esto el pequeño gnomo1 iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda cueva que le servía de morada; y hacía temblar su larga barba y el cascabel de su gorro azul y puntiagudo.

En efecto, un amigo del centenario Chevreul -cuasi Althotas-, el químico Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.

Agitado, conmovido, el gnomo -que era sabidor y de genio harto vivaz- seguía monologando.

-¡Ah, sabios de la edad media! ¡Ah Alberto el Grande, Averroes, Raimundo Lulio! Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin saber cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimo nono a formar a la luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos! ¡Pues el conjuro! Fusión por veinte días, de una mezcla de sílice y de aluminato de plomo: coloración con bicromato de potasa, o con óxido de cobalto. Palabras en verdad, que parecen lengua diabólica.

Risa.

Luego se detuvo.

***

El cuerpo del delito estaba ahí, en el centro de la gruta, sobre una gran roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano de granada al sol.

El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos los gnomos habían llegado.

Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era la claridad de los carbunclos2 que en el techo de piedra centelleaban, incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo iluminaba todo.

A aquellos resplandores, podía verse la maravillosa mansión en todo su esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de lapislázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes, blancos y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones; cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían sus resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en ramilletes que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y temblorosas.

Los topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto; y en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofasia y el ágata, brotaba de trecho en trecho un hilo de agua, que caía con una dulzura musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica soplada muy levemente.

Puck se había entrometido en el asunto, ¡el pícaro Puck! Él había llevado el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí, sobre la roca de oro, como una profanación entre el centelleo de todo aquel encanto.

Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y encarnadas, llenas de pedrería, todos curiosos, Puck dijo así:

-Me habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación humana, y he satisfecho esos deseos.

Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las gracias a Puck, con una pausada inclinación de cabeza; y los más cercanos a él examinaban con gesto de asombro, las lindas alas, semejantes a las de un hipsipilo.

Continuó:

-¡Oh Tierra! ¡Oh Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.

Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:

-¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi por todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las condecoraciones exóticas de los rastaquers, en los anillos de los príncipes italianos y en los brazaletes de las primadonas.

Y con pícara sonrisa siempre:

-Yo me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga... Había una hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón el rubí. Ahí lo tenéis.

Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo!

-¡Eh, amigo Puck!

¡Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de hombre o de sabio, que es peor!

-¡Vidrio!

-¡Maleficio!

-¡Ponzoña y cábala!

-¡Química!

-¡Pretender imitar un fragmento del iris!

-¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!

-¡Hecho de rayos del poniente solidificados!

El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba nevada, su aspecto de patriarca, su cara llena de arrugas:

-¡Señores! -dijo- ¡que no sabéis lo que habláis!

Todos escucharon.

-Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya para martillar las facetas de los diamantes; yo, que he visto formarse estos hondos alcázares; que he cincelado los huesos de la tierra, que he amasado el oro, que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y caí a un lago donde violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré de cómo se hizo el rubí.

Oíd:

***

Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un lienzo lleno de miel donde se arrojasen granos de arroz.

-Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las minas de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra, y salimos en fuga por los cráteres de los volcanes.

El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y brota el gorjeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la primavera fragante.

Estaba el monte armónico y florido, lleno de trinos y de abejas; era una grande y santa nupcia la que celebraba la luz; y en el árbol la savia ardía profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido o cántico, y en el gnomo había risa y placer.

Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina añeja. Luego, bajé al tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y claro donde las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía sed. Quise beber ahí... Ahora, oíd mejor.

Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil coronados de cerezas; ecos de risas áureas, festivas; y allá, entre las espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...

-¿Ninfas?

-No, mujeres.

***

-Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar una patada en el suelo, abría la arena negra y llegaba a mi dominio. Vosotros, pobrecillos, gnomos jóvenes, tenéis mucho que aprender!

Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí, sobre unas piedras deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, a la mujer la agarré de la cintura, con este brazo antes tan musculoso; gritó, golpeé el suelo; descendimos. Arriba quedó el asombro; abajo el gnomo soberbio y vencedor.

Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso que brillaba como un astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos.

El pavimento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho trizas. La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre maceteros de zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca, toda desnuda y espléndida como una diosa.

Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi bella, me engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es capaz de traspasar la tierra.

Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. Éstos pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él, amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la enamorada, tenía -yo lo notaba- convulsiones súbitas en que estiraba sus labios rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se sentían? Con ser quien soy, no lo sé.

Había acabado yo mi trabajo; un gran montón de diamantes hechos en un día; la tierra abría sus grietas de granito como labios con sed, esperando el brillante despedazamiento del rico cristal. Al fin de la faena, cansado, di un martillazo que rompió una roca y me dormí.

Desperté al rato al oír algo como un gemido.

De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las reinas de Oriente, había volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la mujer robada. ¡Ay! Y queriendo huir por el agujero abierto por mi masa de granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de azahar y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus costados, chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las lágrimas. ¡Oh, dolor!

Yo desperté, la tomé en mis brazos, le di mis besos más ardientes; mas la sangre corría inundando el recinto, y la gran masa diamantina se teñía de grana. Me pareció que sentía, al darle un beso, un perfume salido de aquella boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte.

Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semidiós de las entrañas terrestres, pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de diamantes rojos...

***

Pausa.

-¿Habéis comprendido?

Los gnomos muy graves se levantaron. Examinaron más de cerca la piedra falsa, hechura del sabio.

-¡Mirad, no tiene facetas!

-¡Brilla pálidamente!

-¡Impostura!

-¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!

Y en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros pedazos de arabesco, rubíes grandes como una naranja, rojos y chispeantes como un diamante hecho sangre; y decían:

-¡He aquí! ¡He aquí lo nuestro, oh madre Tierra!

Aquello era una orgía de brillo y de color.

Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.

De pronto, con toda la dignidad de un gnomo:

-¡Y bien! El desprecio.

Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y arrojaron los fragmentos, -con desdén terrible- a un hoyo que abajo daba a una antiquísima selva carbonizada.

Después, sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes resplandecientes, empezaron a bailar asidos de las manos una farandola loca y sonora.

¡Y celebraban con risas, el verse grandes en la sombra!

***

Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de una pradera en flor. Y murmuraba -siempre con su sonrisa sonrosada!:

-Tierra... Mujer...

Porque tú, ¡oh madre Tierra!, eres grande, fecunda, de seno inextinguible y sacro; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos robustos, y el oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. ¡Lo puro, lo fuerte, lo infalsificable! ¡Y tú, mujer, eres espíritu y carne, toda Amor!

FIN
El sátiro sordo
[Cuento. Texto completo]
Rubén Darío

Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los dioses le habían dicho: "Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón, persigue ninfas y suena tu flauta". El sátiro se divertía.
Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió de sus dominios y fue osado a subir al sacro monte y sorprender al dios crinado. Éste le castigó tornándole sordo como una roca. En balde en las espesuras de la selva llena de pájaros se derramaban los trinos y emergían los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a cantarle sobre su cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones que hacían detenerse los arroyos y enrojecerse las rosas pálidas. Él permanecía impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba lascivo y alegre cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna cadera blanca y rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos los animales le rodeaban como a un amo a quien se obedece.

A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes, como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa; y aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los crótalos, gozaba de distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo que tenía patas de cabra.

Era sátiro caprichoso.

Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba.

Después, en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno, el paciente animal de las largas orejas le servía para cabalgar, en tanto que la alondra, en los apogeos del alba, se le iba de las manos, cantando camino de los cielos.

La selva era enorme. De ella tocaba a la alondra la cumbre; al asno, el pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora; bebía rocío en los retoños; despertaba al roble diciéndole: "Viejo roble, despiértate". Se deleitaba con un beso del sol: era amada por el lucero de la mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan chica, existía bajo su inmensidad. El asno (aunque entonces no había conversado con Kant) era experto en filosofía según el decir común. El sátiro, que le ve ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire grave, tenía alta idea de tal pensador. En aquellos días el asno no tenía como hoy tan larga fama. Moviendo sus mandíbulas no se había imaginado que escribiese en su loa Daniel Heinsius, en latín, Passerat, Buffot y el gran Hugo en francés, Posada y Valderrama en español.

Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo, daba coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el acorde extraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta sobre la tierra negra y amable, le daban su olor las yerbas y las flores. Y los grandes árboles inclinaban sus follajes para hacerle sombra.

Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres, pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le comprenderían y escucharían con éxtasis, y donde él pondría temblor de armonía y fuego de amor y de vida al sonar de su instrumento.

Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Deméter sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban, los leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su tallo hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tomó en flor de lis.

¿Qué selva mejor que la del sátiro a quien él encantaría, donde sería tenido como un semidiós; selva toda alegría y danza, belleza y lujuria; donde ninfas y bacantes eran siempre acanciadas y siempre vírgenes; donde había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey caprípede bailaba delante de sus faunos, beodo y haciendo gestos como Sileno?

Fue como su corona de laurel, su lira, su frente de poeta orgulloso, erguida y radiante.

Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los centauros gallardos y de las Ibacantes ardientes. Cantó la copa de Dionisio, y el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan, Emperador de las Montañas, Soberano de los Bosques, dios-sátiro que también sabía cantar. Cantó de las intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así explicó la melodía de un arpa eolia, el susurro de una arboleda, el ruido ronco de un caracol y las notas armónicas que brotan de una siringa. Cantó del verso, que baja del cielo y place a los dioses, del que acompaña el bárbitos en la oda y el tímpano en el peán. Cantó los senos de nieve tibia y las copas de oro labrado, y el buche del pájaro y la gloria del sol.

Y desde el principio del cántico brilló la luz con más fulgores. Los enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo hacia gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira rítmica. Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un sueño. Una náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro había profanado, se acercó tímida al cantor y le dijo: "Yo te amo". Filomela había volado a posarse en la lira como la paloma anacreóntica. No había más eco que el de la voz de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus, que pasaba por las cercanías, preguntó de lejos con su divina voz: "¿Está aquí acaso Apolo?"
Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no oía nada era el sátiro sordo.

Cuando el poeta concluyó, dijo a éste:

-¿Os place mi canto? Si es así, me quedaré con vos en la selva.


El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una opinión.

-Señor -dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de su buche-, quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su lira es bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que hoy has visto en tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas cosas. Cuando viene el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me remonto a los profundos cielos y vierto desde la altura las perlas invisibles de mis trinos, y entre las claridades matutinas tú melodía inunda el aire, y es el regocijo del espacio. Pues yo te digo que Orfeo ha cantado bien, y es un elegido de los dioses. Su música embriagó el bosque entero. Las águilas se han acercado a revolar sobre nuestras cabezas, los arbustos floridos han agitado suavemente sus incensarios misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas para venir a escuchar. En cuanto a mí, ¡oh señor!, si yo estuviese en lugar tuyo le daría mi guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la real y la ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Atos. Orfeo les amansaría con la eficacia de su voz triunfante, a Nernea su león y a Erimanto su jabalí. De los hombres, unos han nacido para forrar los metales, otros para arrancar del suelo fértil las espigas del trigal, otros para combatir en las sangrientas guerras, y otros para enseñar, glorificar y cantar. Si soy tu copero y te doy vino, goza tu paladar; si te ofrezco un himno, goza tu alma.

Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y un vasto y donante soplo lírico se escapaba del bosque verde y fragante. El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel extraño visitante?. ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y voluptuosa? ¿Qué decían sus dos consejeros?

¡Ah, la alondra había cantado, pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió su vista al asno.

¿Faltaba su opinión? Pues bien, ante la selva enorme y sonora, bajo el azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco, silencioso, como el sabio que medita.

Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente con enojo, y sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la salida de la selva:

-¡No!

Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban de broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron homéricas.

Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a ahorcarse del primer laurel que hallase en su camino.

No se ahorcó, pero se casó con Eurídice.

FIN

Cuentística Dariana


El pájaro azul
[Cuento. Texto completo]
Rubén Darío

París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al café Plombier, buenos y decididos muchachos -pintores, escultores, poetas- sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!, ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba, y, como bohemio intachable, bravo improvisador.

En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Clays, versos, estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro amado pájaro azul.

El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así? Nosotros le bautizamos con ese nombre.

Ello no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino triste. Cuando le preguntábamos por qué cuando todos reíamos como insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo raso, nos respondía sonriendo con cierta amargura...

-Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro, por consiguiente...

* * *

Sucedía también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el poeta.

De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos de madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes. Las violetas eran para Nini, su vecina, una muchacha fresca y rosada que tenía los ojos muy azules.

Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos. Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenuo que debía brillar. El tiempo vendría. Oh, el pájaro azul volaría muy alto. ¡Bravo! ¡bien! ¡Eh, mozo, más ajenjo!

* * *

Principios de Garcín:

De las flores, las lindas campánulas.

Entre las piedras preciosas, el zafiro. De las inmensidades, el cielo y el amor: es decir, las pupilas de Nini.

Y repetía el poeta: Creo que siempre es preferible la neurosis a la imbecilidad.

* * *

A veces Garcín estaba más triste que de costumbre.

Andaba por los bulevares; veía pasar indiferente los lujosos carruajes, los elegantes, las hermosas mujeres. Frente al escaparate de un joyero sonreía; pero cuando pasaba cerca de un almacén de libros, se llegaba a las vidrieras, husmeaba, y al ver las lujosas ediciones, se declaraba decididamente envidioso, arrugaba la frente; para desahogarse volvía el rostro hacia el cielo y suspiraba. Corría al café en busca de nosotros, conmovido, exaltado, casi llorando, pedía un vaso de ajenjo y nos decía:

-Sí, dentro de la jaula de mi cerebro está preso un pájaro azul que quiere su libertad...

* * *

Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de razón.

Un alienista a quien se le dio noticias de lo que pasaba, calificó el caso como una monomanía especial. Sus estudios patológicos no dejaban lugar a duda.

Decididamente, el desgraciado Garcín estaba loco.

Un día recibió de su padre, un viejo provinciano de Normandía, comerciante en trapos, una carta que decía lo siguiente, poco más o menos:

"Sé tus locuras en París. Mientras permanezcas de ese modo, no tendrás de mí un solo sou. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero."

Esta carta se leyó en el Café Plombier.

-¿Y te irás?

-¿No te irás?

-¿Aceptas?

-¿Desdeñas?

¡Bravo Garcín! Rompió la carta y soltando el trapo a la vena, improvisó unas cuantas estrofas, que acababan, si mal no recuerdo:

¡Sí, seré siempre un gandul,
lo cual aplaudo y celebro,
mientras sea mi cerebro
jaula del pájaro azul!

* * *

Desde entonces Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dio un baño de alegría, compró levita nueva, y comenzó un poema en tercetos titulados, pues es claro: El pájaro azul.

Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello era excelente, sublime, disparatado.

Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países brotados como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados entre flores; los ojos de Nini húmedos y grandes; y por añadidura, el buen Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello, un pájaro azul que sin saber cómo ni cuándo anida dentro del cerebro del poeta, en donde queda aprisionado. Cuando el pájaro canta, se hacen versos alegres y rosados. Cuando el pájaro quiere volar abre las alas y se da contra las paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un cigarrillo de papel.

He ahí el poema.

Una noche llegó Garcín riendo mucho y, sin embargo, muy triste.

* * *

La bella vecina había sido conducida al cementerio.

-¡Una noticia! ¡una noticia! Canto último de mi poema. Nini ha muerto. Viene la primavera y Nini se va. Ahorro de violetas para la campiña. Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan siquiera leer mis versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del tiempo. El epílogo debe titularse así: "De cómo el pájaro azul alza el vuelo al cielo azul".

* * *

¡Plena primavera! Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba y pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear las cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido al campo.

Hele ahí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier, pálido, con una sonrisa triste.

-¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós con todo el corazón, con toda el alma... El pájaro azul vuela.

Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas sus fuerzas y se fue.

Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo normando. Musas, adiós; adiós, gracias. ¡Nuestro poeta se decide a medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!

Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente, todos los parroquianos del Café Plombier que metíamos tanta bulla en aquel cuartucho destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él estaba en su lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo roto de un balazo. Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral. ¡Qué horrible!

Cuando, repuestos de la primera impresión, pudimos llorar ante el cadáver de nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la última página había escritas estas palabras: Hoy, en plena primavera, dejó abierta la puerta de la jaula al pobre pájaro azul.

* * *

¡Ay, Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!

FIN
El rey burgués
Cuento alegre
[Cuento. Texto completo]
Rubén Darío

¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre... así como para distraer las brumosas y grises melancolías, helo aquí:
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos, y monteros con cuernos de bronce que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.

Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.

Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica, canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.

El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de mármol como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; ¡alma sublime amante de la lija y de la ortografía!

¡Japonerías!¡Chinerías! Por moda y nada más. Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.

Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¿cuántos salones?

Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.

Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile.

-¿Qué es eso? -preguntó.

-Señor, es un poeta.

El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, censotes en la pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.

-Dejadle aquí.

Y el poeta:

-Señor, no he comido.

Y el rey:

-Habla y comerás.

Comenzó:

-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán; he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida que debe esperar con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.

He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.

¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas, o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.

¡Oh, la Poesía!

¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de la mujeres, y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal...

El rey interrumpió:

-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?

Y un filósofo al uso:

-Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.

-Sí, -dijo el rey,- y dirigiéndose al poeta:

-Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.

Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al poeta hambriento que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín... ¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres, que llegaban a beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas, que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas, ¡tiririrín...! ¡lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!

Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre diablo que daba vueltas al manubrio, tiririrín.

Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el rey y sus vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que le mordía las carnes y le azotaba el rostro, ¡tiririrín!

Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse ¡tiririrín, tiririrín! tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, tiririrín... pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal, tiririrín..., y en que el arte no vestiría pantalones sino manto de llamas, o de oro... Hasta que al día siguiente, lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.

¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan brumosas y grises melancolías...

Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! ¡Hasta la vista!

Cuentística Dariana

La extraña muerte de fray Pedro
[Cuento. Texto completo]
Rubén Darío

Visitando el convento de una ciudad española, no ha mucho tiempo, el amable religioso que nos servía de cicerone, al pasar por el cementerio, me señaló una lápida en que leí, únicamente: Hic iacet frater Petrus.
-Éste -me dijo- fue uno de los vencidos por el Diablo.

-Por el viejo Diablo que ya chochea -le dije.

-No -me contestó-. Por el demonio moderno que se escuda con la ciencia.

Y me narró el sucedido.

Fray Pedro de la Pasión era un espíritu perturbado por el maligno espíritu que infunde el ansia de saber. Flaco, anguloso, nervioso, pálido, dividía sus horas conventuales entre la oración, las disciplinas y el laboratorio que le era permitido, por los bienes que atraía a la comunidad. Había estudiado, desde muy joven, las ciencias ocultas. Nombraba, con cierto énfasis, en las horas de conversación, a Paracelsus, a Alberto el Grande; y admiraba profundamente a ese otro fraile Schwartz, que nos hizo el diabólico favor de mezclar el salitre con el azufre.

Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas iniciaciones astrológicas y quirománticas; ella le desviaba de la contemplación y del espíritu de la Escritura. En su alma se había anidado el mal de la curiosidad, que perdió a nuestros primeros padres. La oración misma era olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía cauteloso y febril.

Como toda lectura le era concedida, y tenía a su disposición la rica biblioteca del convento, sus autores no fueron siempre los menos equívocos. Así llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y a poner a prueba los efectos de la magia blanca. No había duda de que estaba en gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su olvido de que la ciencia constituye, en el principio, el arma de la Serpiente que ha de ser la esencial potencia del Anticristo, y que, para el verdadero varón de fe, initium sapientiae est timor Domini.

¡Oh ignorancia feliz, santa ignorancia! ¡Fray Pedro de la Pasión no comprendía tu celeste virtud, que ha hecho a los ciertos Celestinos! Huysmans se ha extendido sobre todo ello. Virtud que pone un especial nimbo a algunos mínimos de Dios queridos, entre los esplendores místicos y milagrosos de las hagiografías.

Los doctores explican y comentan altamente cómo, ante los ojos del Espíritu Santo, las almas de amor son de mayor manera glorificadas que las almas de entendimiento. Ernest Hello ha pintado, en los sublimes vitraux de sus Fisonomías de santos, a esos beneméritos de la caridad, a esos favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos, simples y blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu, bienaventurados hermanos de los pájaritos del Señor, mirados con ojos cariñosos y sororales por las puras estrellas del firmamento. Joris-Karl, el merecido beato, quizá más tarde consagrado, a pesar de la literatura, en el maravilloso libro en que Durtal se convierte, viste de resplandores paradisiacos al lego guardapuercos que hace bajar a la pocilga la admiración de los coros arcangélicos, y el aplauso de las potestades de los cielos. Y fray Pedro de la Pasión no comprendía eso...

Él, desde luego, creía, creía con la fe de un indiscutible creyente. Mas el ansia de saber le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación de secretos de la naturaleza y de la vida, a tal punto, que no se daba cuenta de cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar en lo vedado y en lo arcano del universo, era obra del pecado, y añagaza del Bajísimo, para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la adoración del Eterno Padre. Y la última tentación sería fatal.

Acaeció el caso no hace muchos años. Llegó a manos de fray Pedro un periódico en que se hablaba detalladamente de todos los progresos realizados en radiografía, gracias al descubrimiento del alemán Roentgen, quien lograra encontrar el modo de fotografiar a través de los cuerpos opacos. Supo lo que se comprendía en el tubo Crookes, de la luz catódica, del rayo X. Vio el facsímil de una mano cuya anatomía se transparentaba claramente, y la patente figura de objetos retratados entre cajas y bultos bien cerrados.

No pudo desde ese instante estar tranquilo, pues algo que era un ansia de su querer de creyente, aunque no viese lo sacrílego que en ello se contenía, punzaba sus anhelos... ¿Cómo podría él encontrar un aparato como los aparatos de aquellos sabios, y que le permitiera llevar a cabo un oculto pensamiento, en que se mezclaban su teología y sus ciencias físicas?... ¿Cómo podría realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su encendida imaginación?

En las horas litúrgicas, de los rezos y de los cánticos, notábanlo todos los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya agitado como por súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina llama de sangre, ya con la mirada como extática, fija en lo alto, o clavada en la tierra. Y era la obra de la culpa que se afianzaba en el fondo de aquel combatido pecho, el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado omnitrascendente de Adán, junto al árbol de la ciencia del bien y del mal. Y era mucho más que una tempestad bajo un cráneo... Múltiples y raras ideas se agolpaban en la mente del religioso, que no encontraba la manera de adquirir los preciosos aparatos. ¡Cuánto de su vida no daría él, por ver los peregrinos instrumentos de los sabios nuevos en su pobre laboratorio de fraile aficionado, y poder sacar las anheladas pruebas, hacer los mágicos ensayos que abrirían una nueva era en la sabiduría y en la convicción humanas!... Él ofrecería más de lo que se ofreció a Santo Tomás... Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien podría pronto el hombre llegar a descubrir visiblemente la naturaleza y origen del alma; y, aplicando la ciencia a las cosas divinas, como debía permitirlo el Espíritu Santo, ¿por qué no aprisionar en las visiones de los éxtasis, y en las manifestaciones de los espíritus celestiales, sus formas exactas y verdaderas?

¡Si en Lourdes hubiese habido un kodak, durante el tiempo de las visiones de Bernardetta! ¡Si en los momentos en que Jesús, o su Santa Madre, favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se aplicase convenientemente la cámara oscura!... ¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo triunfaría la religión!

Así cavilaba, así se estrujaba el cerebro el pobre fraile, tentado por uno de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.

Y avino que, en uno de esos momentos, en uno de los instantes en que su deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a la disciplina y a la oración, en su celda, se presentó a su vista uno de los hermanos de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.


-Hermano -le dijo-, os he oído decir que deseabais una de esas máquinas, como ésas con que los sabios están maravillando al mundo. Os la he podido conseguir. Aquí la tenéis.

Y, depositando el envoltorio en manos del asombrado fray Pedro, desapareció, sin que éste tuviese tiempo de advertir que debajo del hábito se habían mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas de chivo.

Fray Pedro, desde el día del misterioso regalo, consagrose a sus experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la misa, excusándose como enfermo. El padre provincial solía amonestarle; y todos le veían pasar, extraño y misterioso, y temían por la salud de su cuerpo y por la de su alma.

Él perseguía su idea dominante. Probó la máquina en sí mismo, en frutos, llaves dentro de libros, y demás cosas usuales. Hasta que un día...

O más bien, una noche, el desventurado se atrevió, por fin, a realizar su pensamiento. Dirigióse al templo, receloso, a pasos callados. Penetró en la nave principal y se dirigió al altar en que, en el tabernáculo, se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Sacó el copón. Tomó una sagrada forma. Salió veloz para su celda.

Al día siguiente, en la celda de fray Pedro, se hallaba el señor arzobispo delante del padre provincial.

-Ilustrísimo señor -decía éste-, a fray Pedro le hemos encontrado muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios creo que le causaron daño.

-¿Ha visto su reverencia esto? -dijo su señoría ilustrísima, mostrándole una revelada placa fotográfica que recogió del suelo, y en la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una dulce mirada en los divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.

FIN
El caso de la señorita Amelia
[Cuento. Texto completo]
Rubén Darío

Que el doctor Z es ilustre, elocuente, conquistador; que su voz es profunda y vibrante al mismo tiempo, y su gesto avasallador y misterioso, sobre todo después de la publicación de su obra sobre La plástica de ensueño, quizás podríais negármelo o aceptármelo con restricción; pero que su calva es única, insigne, hermosa, solemne, lírica si gustáis, ¡oh, eso nunca, estoy seguro! ¿Cómo negaríais la luz del sol, el aroma de las rosas y las propiedades narcóticas de ciertos versos? Pues bien; esta noche pasada poco después de que saludamos el toque de las doce con una salva de doce taponazos del más legítimo Roederer, en el precioso comedor rococó de ese sibarita de judío que se llama Lowensteinger, la calva del doctor alzaba aureolada de orgullo, su bruñido orbe de marfil, sobre el cual, por un capricho de la luz, se veían sobre el cristal de un espejo las llamas de dos bujías que formaban, no sé cómo, algo así como los cuernos luminosos de Moisés. El doctor enderezaba hacia mí sus grandes gestos y sus sabias palabras. Yo había soltado de mis labios, casi siempre silenciosos, una frase banal cualquiera. Por ejemplo, ésta:
-¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!

La mirada que el doctor me dirigió y la clase de sonrisa que decoró su boca después de oír mi exclamación, confieso que hubiera turbado a cualquiera.

-Caballero -me dijo saboreando el champaña-; si yo no estuviese completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma, sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois sino máscaras de vida, nada más... sí, si no supiese eso, si viese en vos algo más que un hombre de fin de siglo, os diría que esa frase que acabáis de pronunciar: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!», tiene en mí la respuesta más satisfactoria.

-¡Doctor!

-Sí, os repito que vuestro escepticismo me impide hablar, como hubiera hecho en otra ocasión.

-Creo -contesté con voz firme y serena- en Dios y su Iglesia. Creo en los milagros. Creo en lo sobrenatural.

-En ese caso, voy a contaros algo que os hará sonreír. Mi narración espero que os hará pensar.

En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, a más de Minna, la hija del dueño de casa; el periodista Riquet, el abate Pureau, recién enviado por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de los salones de palabrería usual de la hora primera del año nuevo: Happy new year! Happy new year! ¡Feliz año nuevo!

El doctor continuó:

-¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es así? Nada se sabe. Ignoramus et ignorabimus. ¿Quién conoce a punto fijo la noción del tiempo? ¿Quién sabe con seguridad lo que es el espacio? Va la ciencia a tanteo, caminando como una ciega, y juzga a veces que ha vencido cuando logra advertir un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha podido desprender de su círculo uniforme la culebra simbólica. Desde el tres veces más grande, el Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha podido apenas alzar una línea del manto que cubre a la eterna Isis. Nada ha logrado saberse con absoluta seguridad en las tres grandes expresiones de la Naturaleza: hechos, leyes, principios. Yo que he intentado profundizar en el inmenso campo del misterio, he perdido casi todas mis ilusiones. Yo que he sido llamado sabio en Academias ilustres y libros voluminosos; yo que he consagrado toda mi vida al estudio de la humanidad, sus orígenes y sus fines; yo que he penetrado en la cábala, en el ocultismo y en la teosofía, que he pasado del plano material del sabio al plano astral del mágico y al plano espiritual del mago, que sé cómo obraba Apolonio el Thianense y Paracelso, y que he ayudado en su laboratorio, en nuestros días, al inglés Crookes; yo que ahondé en el Karma búdhico y en el misticismo cristiano, y sé al mismo tiempo la ciencia desconocida de los fakires y la teología de los sacerdotes romanos, yo os digo que no hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema, y que la inmensidad y la eternidad del misterio forman la única y pavorosa verdad.

Y dirigiéndose a mí:

-¿Sabéis cuáles son los principios del hombre? Grupa, jiba, linga, shakira, kama, rupa, manas, buddhi, atma, es decir: el cuerpo, la fuerza vital, el cuerpo astral, el alma animal, el alma humana, la fuerza espiritual y la esencia espiritual...

Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me atreví a interrumpir al doctor:

-Me parece ibais a demostrarnos que el tiempo...

-Y bien -dijo-, puesto que no os complacen las disertaciones por prólogo, vamos al cuento que debo contaros, y es el siguiente:

Hace veintitrés años, conocí en Buenos Aires a la familia Revall, cuyo fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo consular en tiempo de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y entusiasta, y las tres señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las tres Gracias. De más está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para encender una hoguera de amor...

Amooor, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la diestra metido en la bolsa del chaleco, y tamborileando sobre su potente abdomen con los dedos ágiles y regordetes, y continuó:

-Puedo confesar francamente que no tenía predilección por ninguna, y que Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón el mismo lugar. El mismo, tal vez no; pues los dulces al par que ardientes ojos de Amelia, su alegre y roja risa, su picardía infantil... diré que era ella mi preferida. Era la menor; tenía doce años apenas, y yo ya había pasado de los treinta. Por tal motivo, y por ser la chicuela de carácter travieso y jovial, tratábala yo como niña que era, y entre las otras dos repartía mis miradas incendiarias, mis suspiros, mis apretones de manos y hasta mis serias promesas de matrimonio, en una, os lo confieso, atroz y culpable bigamia de pasión. ¡Pero la chiquilla Amelia!... Sucedía que, cuando yo llegaba a la casa, era ella quien primero corría a recibirme, llena de sonrisas y zalamerías: «¿Y mis bombones?». He aquí la pregunta sacramental. Yo me sentaba regocijado, después de mis correctos saludos, y colmaba las manos de la niña de ricos caramelos de rosas y de deliciosas grajeas de chocolate, las cuales, ella, a plena boca, saboreaba con una sonora música palatinal, lingual y dental. El porqué de mi apego a aquella muchachita de vestido a media pierna y de ojos lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por causa de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al despedirme de Luz que me miraba con anchos ojos doloridos y sentimentales; di un falso apretón de manos a Josefina, que tenía entre los dientes, por no llorar, un pañuelo de batista, y en la frente de Amelia incrusté un beso, el más puro y el más encendido, el más casto y el más puro y el más encendido, el más casto y el más ardiente ¡qué sé yo! de todos los que he dado en mi vida. Y salí en barco para Calcuta, ni más ni menos que como vuestro querido y admirado general Mansilla cuando fue a Oriente, lleno de juventud y de sonoras y flamantes esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las ciencias ocultas, a estudiar entre los mahatmas de la India lo que la pobre ciencia occidental no puede enseñarnos todavía. La amistad epistolar que mantenía con madame Blavatsky, habíame abierto ancho campo en el país de los fakires, y más de un gurú, que conocía mi sed de saber, se encontraba dispuesto a conducirme por buen camino a la fuente sagrada de la verdad, y si es cierto que mis labios creyeron saciarse en sus frescas aguas diamantinas, mi sed no se pudo aplacar. Busqué, busqué con tesón lo que mis ojos ansiaban contemplar, el Keherpas de Zoroastro, el Kalep persa, el Kovei-Khan de la filosofía india, el archoeno de Paracelso, el limbuz de Swedenborg; oí la palabra de los monjes budhistas en medio de las florestas del Thibet; estudié los diez sephiroth de la Kabala, desde el que simboliza el espacio sin límites hasta el que, llamado Malkuth, encierra el principio de la vida. Estudié el espíritu, el aire, el agua, el fuego, la altura, la profundidad, el Oriente, el Occidente, el Norte y el Mediodía; y llegué casi a comprender y aun a conocer íntimamente a Satán, Lucifer, Astharot, Beelzebutt, Asmodeo, Belphegor, Mabema, Lilith, Adrameleh y Baal. En mis ansias de comprensión; en mi insaciable deseo de sabiduría; cuando juzgaba haber llegado al logro de mis ambiciones, encontraba los signos de mi debilidad y las manifestaciones de mi pobreza, y estas ideas, Dios, el espacio, el tiempo formaban la más impenetrable bruma delante de mis pupilas... Viajé por Asia, África, Europa y América. Ayudé al coronel Olcott a fundar la rama teosófica de Nueva York. Y a todo esto -recalcó de súbito al doctor, mirando fijamente a la rubia Minna- ¿sabéis lo que es la ciencia y la inmortalidad de todo? ¡Un par de ojos azules... o negros!

-¿Y el fin del cuento? - gimió dulcemente la señorita.

-Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de un absoluta verdad. ¿El fin del cuento? Hace apenas una semana he vuelto a la Argentina, después de veintitrés años de ausencia. He vuelto gordo, bastante gordo, y calvo como una rodilla; pero en mi corazón he mantenido ardiente el fuego del amor, la vestal de los solterones. Y, por tanto, lo primero que hice fue indagar el paradero de la familia Revall. «¡Las Revall -dijeron-, las del caso de Amelia Revall», y estas palabras acompañadas con una especial sonrisa. Llegué a sospechar que la pobre Amelia, la pobre chiquilla... Y buscando, buscando, di con la casa. Al entrar, fui recibido por un criado negro y viejo, que llevó mi tarjeta, y me hizo pasar a una sala donde todo tenía un vago tinte de tristeza. En las paredes, los espejos estaban cubiertos con velos de luto, y dos grandes retratos, en los cuales reconocía a las dos hermanas mayores, se miraban melancólicos y oscuros sobre el piano. A poco Luz y Josefina:

-¡Oh amigo mío, oh amigo mío!

Nada más. Luego, una conversación llena de reticencias y de timideces, de palabras entrecortadas y de sonrisas de inteligencia tristes, muy tristes. Por todo lo que logré entender, vine a quedar en que ambas no se habían casado. En cuanto a Amelia, no me atreví a preguntar nada... Quizá mi pregunta llegaría a aquellos pobres seres, como una amarga ironía, a recordar tal vez una irremediable desgracia y una deshonra... en esto vi llegar saltando a una niña, cuyo cuerpo y rostro eran iguales en todo a los de mi pobre Amelia. Se dirigió a mí, y con su misma voz exclamó:

-¿Y mis bombones?

Yo no hallé qué decir.

Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas y movían la cabeza desoladamente...

Mascullando una despedida y haciendo una zurda genuflexión, salí a la calle, como perseguido por algún soplo extraño. Luego lo he sabido todo. La niña que yo creía fruto de un amor culpable es Amelia, la misma que yo dejé hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia, ha contenido su carrera vital. Se ha detenido para ella el reloj del Tiempo, en una hora señalada ¡quién sabe con qué designio del desconocido Dios!

El doctor Z era en este momento todo calvo...

FIN

Cuentística Dariana

Hablábamos varios hombres de letras de las cosas curiosas que, desde griegos y latinos, han hecho ingenios risueños, pacientes o desocupados, con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés tanto como al derecho, guardando siempre el mismo sentido, acrósticos arrevesados, en losange; y luego, prosas en que se suprimiera una de las vocales, en largos cuentos castellanos.
Entonces yo les hablé de una curiosidad, en verdad de las más peregrinas, que hice insertar, siendo muy joven, en una revista que dirigía, allá en la lejana Nicaragua, un mi íntimo amigo. Es un cuento corto, en el cual no se suprime una vocal, sino cuatro. Vais a leerlo. No encontraréis otra vocal más que la a. Y os mantendrá con la boca abierta. ¿Su autor?, sudamericano, seguramente, quizás antillano, posiblemente de Colombia. Ignoro e ignoré siempre su nombre. He aquí la lucubración a que me refiero:

AMAR HASTA FRACASAR
Trazada para la A
La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada. Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal, tal amaba Chactas a Atala.
Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas; mas nada alcanzaban. Casar trataban; mas hallaban avaras a las hadas, para dar grata andanza a tal plan.
La plaza, llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada mañana; mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca para apañar larga plata, para agarrar adahalas1. ¡Bravas agallas! ¿Mas bastaba tal cábala?. Nada ¡ca! ¡nada basta a tajar la llamada aflamada!
Ana alzaba la cama al aclarar; Blas la hallaba ya parada a la bajada. Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrasadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah ráfagas claras bajadas a las almas arrastradas a amar!. Gratas pasan para apalambrarlas2 más, para clavar la azagaya3 al alma. ¡Ya nada habrá capaz a arrancarla!.
Pasaban las añadas4. Acabada la marcada para dar Blas a Ana las sagradas arras, trataban hablar a Marta para afrancar5 a Ana, hablar al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa ¡ca! ¡nada faltaba para andar al altar!
Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza! pasar a Santa Clara al alba, para clamar a la santa adaptada al galán para Ana. Agarrada bajaba ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas, cara a cara. ¡Ah! la a nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana, tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las brazadas a Marta, agárrala la saya. Marta lanza las palabras más malas a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal algazara, atalantadas a las palabras:
-¡Acá! ¡Acá! ¡Atrapad al canalla mata-damas! ¡Amarrad al rapaz!
Van a la casa: Blas arranca tablas a las gradas para lanzar a la armada; mas nada hará para tantas armas blancas. Clama, apalabra, aclara ¡vanas palabras! Nada alcanza. Amarran a Blas. Marta manda a Ana para Santa Clara; Blas va a la cabaña. ¡Ah! ¡Mañana fatal!
¡Bárbara Marta! Avara bajasa6 al atrancar a Ana tras las barbacanas sagradas (algar7 fatal para damas blandas). ¿Trataba alcanzar paz a Ana? ¡Ca! ¡Asparla8, alafagarla, matarla! Tal trataba la malvada Marta. Ana, cada alba, amaba más a Blas; cada alba más aflatada, aflacaba más. Blas, a la banda allá la mar, tras Casa Blanca, asayaba9 a la par gran mal; a la par balaba10 allanar las barras para atacar la alfana11, sacar la amada, hablarla, abrazarla...
Ha ya largas mañanas trama Blas la alcaldada: para tal, habla. Al rayar la alba al atalaya, da plata, saltan las barras, avanza a la playa. La lancha, ya aparada12 pasa al galán a La Habana. ¡Ya la has amanada13 gran Blas; ya vas a agarrar la aldaba para llamar a Ana! ¡Ah! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán ¡avanza, galán, avanza!
Mas para nada alcanzará la llamada: atafagarán14 más la tapada, taparanla más. Aplaza la hazaña.
Blas la aplaza; para apartar malandanza, trata hablar a Ana para Ana nada más. Para tal alcanzar, canta a garganta baja:
La barca lanzada
allá al ancha mar
arrastra a La Habana
canalla rapaz.
Al tal, mata-damas
llamaban asaz,
mas jamás las mata,
las ha para amar.
Fallas las amarras
hará tal galán,
ca, brava alabarda
llaman a la mar.
Las alas, la aljaba,
la azagaya...¡Bah!
nada, nada basta
a tal batallar.
Ah, marcha, alma Atala
a dar grata paz,
a dar grata andanza
a Chactas acá.
Acabada la cantata Blas anda para acá, para allá, para nada alarmar al adra15. Ana agradada a las palabras cantadas salta la cama. La dama la da al galán. Afanada llama a ña Blas, aya16 parda. Ña Blasa, zampada a la larga, nada alcanza la tal llamada; para alzarla, Ana la jala las pasas. La aya habla, Ana la acalla; habla más; la da alhajas para ablandarla. Blasa las agarra. Blanda ya, para acabar, la parda da franca bajada a Ana para la sala magna. Ya allá, Ana zafa aldaba tras aldaba hasta dar a la plaza. Allá anda Blas. ¡Para, para, Blas!
Atrás va Ana. ¡Ya llama! ¡Avanza, galán avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán. ¡Avanza, galán, avanza!
-¡Amada Ana!..
-¡Blas!...
-¡Ya jamás apartarán a Blas para Ana!
-¡Ah! ¡Jamás!
-¡Alma amada!
-¡Abraza a Ana hasta matarla!
-¡¡Abraza a Blas hasta lanzar la alma!!...
A la mañana tras la pasada, alzaba ancla para Málaga la fragata Atlas. La cámara daba lar para Blas, para Ana...
Faltaba ya nada para anclar; mas la mar brava, brava, lanza a la playa la fragata: la vara.
La mar trabaja las bandas: mas brava, arranca tablas al tajamar; nada basta a salvar la fragata. ¡Ah tantas almas lanzadas al mar, ya agarradas a tablas claman, ya nadan para ganar la playa! Blas nada para acá, para allá, para hallar a Ana, para salvarla. ¡Ah tantas brazadas, tan gran afán para nada, hállala, mas la halla ya matada! ¡¡¡Matada!!!... Al palpar tan gran mal nada bala ya, nada trata alcanzar. Abraza a la ama:
-¡Amar hasta fracasar! -clama...
Ambas almas abrazadas bajan a la nada17. La mar traga a Ana, traga a Blas, traga más...¡Ca! ya Ana hablaba a Blas para pañal, para fajas, para zarandajas. ¡Mamá, ya, acababa Ana. Papá, ya, acababa Blas!...
Nada habla La Habana para sacar a la plaza a Marta, tras las pasadas; mas la palma canta hartas hazañas para cardarla la lana.
Et voilà. ¿Quién me dirá el nombre del autor?
Rubén Darío
FIN

1. Adahalas, lo mismo que adehalas.
2. Apalambrar, incendiar.
3. Azagaya, dardo.
4. Añadas, el tiempo de un año.
5. Afrancar, dar libertad, licencia.
6. Bajasa, mujer mala (El Diccionario de la Academia no la trae).
7. Algar, caverna o cueva.
8. Aspar, atormentar.
9. Asayar, experimentar.
10. Balar, desear ardientemente.
11. Alfana, iglesia. Voz de la germanía.
12. Aparar, preparar.
13. Amanar, poner a la mano. Ya la tienes a mano
14. Atafagar, fatigar, sofocar.
15. Adra, porción de un barrio, barriada.
16. Aya, se dice vulgarmente de las criadas de razón.
17. Almas por cuerpos, Dios me libre de la impiedad.

Cuentística Dariana

A Rubén lo agasajamos tanto por sus poesías, a talpunto que olvidamos que escribió exquisitos cuentos, buenas críticas y además fue un gran periodista empírico-envidiado hasta la vez por aquellos que lucen su diploma pero que no sabrán nunca redactar. De su obra cuentística he aquí un ramillete.



Aguafuerte

De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado. En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al brillo del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos y largos delantales de cuero. Acanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo, y salían de las mangas holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de Anteo, parecían los músculos redondas piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de sol. A la entrada de la forja, como en un marco oscuro, una muchacha blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros delicados y tersos que estaban desnudos hacían resaltar su bello color de lis, con un casi imperceptible tono dorado.

viernes, 1 de enero de 2010

Un cuento especulativo sobre el cerebro dariano




Encephalia
“La ciencia puede ser como Kronos, quien acabò devorando a sus hijos.” Albert Einstein, cientìfico judìo quien fue el padre involuntario de la bomba atòmica.

“Cuando originalmente vine al mundo, aquel 18 de enero de1867, a bordo de una carreta mientras mi madre Rosa recordaba en medio de sus dolores todos los insultos proferidos por su marido a lo largo de una tormentosa convivencia conyugal, yo debì haber presentido que no estaba destinado a tener paz, aunque un flaco caudillo vietnamita sì haya dicho que tenemos el derecho de vivir en paz. Que de mì hayan salido posteriormente algunos de los escritos màs famosos de la literatura hispana y las palabras de amor màs convincentes posibles, fueron otros cien pesos. Tuve una azarosa trayectoria, de mano en mano después de ser separado de mi cavidad inicial, y nadie supo dònde fui a dar. Hasta que el llanto de Rosàngela Abaunza habrìa de convencer a su hermano, el cientìfico loco, que no serìa feliz mientras no saliera un hijo de sus entrañas.
Si la hubiera conocido en mi primera vida, ataviada de gasas o desnuda, o como fuera, y a lo mejor en Parìs mientras cazaba a mi ìdolo a la salida de un bistro, yo me hubiera enamorado como loco de Rosàngela Abaunza. Hubiera tenido que morderme la lengua y echar a la basura lo que dije en cuanto a la querida que fuera de Parìs y la esposa del paìs. Aùn hallada en Parìs, Rosàngela hubiera sido el amor a la medida. Pero cuando hube de conocerla, esta mujer que no parecìa gente sino muñeca, ya estaba irremediablemente casada por amor con el ucraniano Rodion Fantaleiko a pesar de que existìa sospecha de que el hombre, por haber estado cerca de Chernobyl en 1986, podrìa ser machorro o peor, transmitir tantos genes mutantes que cualquier hijo suyo podrìa ser mitad Godzilla y mitad quien sabe que otra cosa. Rosàngela Abaunza, con los cabellos màs negros que el azabache, tez cetrina y una naricilla de gata mimada, consideraba que no tenìa motivo de existir mientras no fuera madre de familia y se dedicò en cuerpo y alma, mientras estudiaba el ùltimo año de lengua rusa allà en lo que fue la Uniòn Soviètica, a buscar còmo salir encinta. Yo gravitaba desde el escondrijo donde la historia me ocultò, esperando ver què pasaba.
Una vez en Nicaragua, de vuelta en la patria, y aùn sin señas de estar gestante, Rosàngela Abaunza comenzò a deprimirse. El rubio marido hacìa lo imposible para levantarle los ánimos, y hasta la acusò de usarlo como semental. La obsesión de la mujer era vecina de la locura, y hasta en la universidad donde daba clases de ruso estaban observando que tenìa una conducta erràtica. Lejos de su terruño, hablando un papiamento de español enrevesado, sin blinis ni pirozhki ni borscht y con la mujer atorada en las aguas pantanosas de su monomanía, el ucraniano hasta estaba considerando hacer las maletas y regresarse a Kiev, de donde era oriundo. No lo detenìa ni el buen empleo que habìa conseguido con una transnacional petrolera en Nicaragua ni el amor por su esposa, quien de alguna forma habìa perdido control de sì misma en la bùsqueda de un hijo que a lo mejor jamàs podrìan tener.
Una tarde de abril, al faltarle la regla, Rosàngela Abaunza acudiò al laboratorio y pidiò que le hicieran la prueba Gravindex de embarazo. Cuando le dieron el resultado, fue tan grande el jùbilo que llorò delante de sus alumnos. Por fin. Fue a sacar a su esposo de la oficina y cuando le dijeron que andaba en la refinerìa amenazò con ir a meterse allà. No lo hizo y se fue a casa sintièndose un poco decepcionada y hasta avergonzada por haber dicho que de los mismos tubos de la refinerìa lo sacarìa aunque hubiera una detonación. Al regresar a casa el ucraniano, la encontrò dormida. La mirò detenidamente. Estaba asustado. Se suponìa que no iba a poder engendrar hijos, segùn le habìa dicho el galeno allà en Kiev, después de examinarlo tras la hecatombe de Chernobyl. Eso nunca se lo habìa dicho a su esposa. Le habìa dado demasiado pavor perderla. Ahora, què serìa lo que vendrìa al mundo? Era demasiado tarde para echar hacia fuera sus sospechas. Rosàngela Abaunza le preguntarìa airada que por què hasta ahora hablaba de lo que debiò de haber dicho antes de firmar el acta de matrimonio.
Rodion Fantaleiko hizo lo mejor que pudo para esbozar una sonrisa y alegrarse.
Mi participación en este lìo no tuvo lugar hasta unos meses después del jùbilo inicial por la gravidez de Rosàngela Abaunza. La feliz embarazada que era Rosàngela Abaunza se hizo a la costumbre de consultar todo con su ginecòlogo y hacerse exàmenes habidos y por haber para controlar su gestaciòn. Cuando perdiò la cintura se hizo un ultrasonido, y el ceño arrugado del mèdico le pareciò una enorme nube negra y ominosa. El alarmado especialista la remitiò a hacerse otras pruebas bajo excusa de que era mejor tener todo minuciosamente controlado. En realidad, el mèdico le dijo algo muy grave a Rodion Fantaleiko: el bebè carecìa de cerebro y lo ùnico que podìa hacerse era remitir al feto a la nada mediante un aborto terapèutico.
Es curiosa la definición de la palabra terapèutico,no? Entonces razonen conmigo. Con arrancar a dentelladas al bebè del seno materno no iban a remediarlo, o darle lo que le faltaba. Se supone que cualquier cosa que sea terapèutica es para curar, no? Què se cura con matar? Dràstico remedio. La ùnica cura para la vida es la muerte. Al matar a alguien sencillamente se le privaba de sus dolores. Tambièn de las posibles dichas y momentos inolvidables. El mèdico no se atreviò a decirle nada a Rosàngela Abaunza, quizàs porque en las visitas que ella hizo acompañada del esposo el galeno olisqueò que el hombre tenìa resquemores, que habìa un asomo de duda, un hàlito a miedo tras las pupìlas grises del ucraniano. Algo le decìa que Rodion Fantaleiko tenìa miedo, y no deseaba el embarazo de su mujer. El ucraniano comenzò su campaña pro aborto, dicièndole que ya tendrìan otros hijos. Le dijo que era tonta al querer conservar un hijo que quizàs nacerìa muerto.
Pero la mujer no era tonta. Rosàngela Abaunza se fue a otra clìnica y bajo nombre ficticio hizo que le practicaran todas las pruebas, y una vez habidas, las llevò donde Andrès, su hermano a quien todos calificaban de peligroso porque era un cientìfico loco, un genetista estudiado en Londres, y hasta le achacaban tener pacto con el diablo, que es a como los ignorantes logran explicar cosas que estàn màs allà de sus mentecatas ideas. Andrès, macabramente incrèdulo y con unos ojos negros de gitano, tenìa una enorme debilidad ùnica: su apego a la ùnica hermanita tras siete machos que eran los hermanos de Rosàngela Abaunza.
Miren, señores, no solo es celeste la carne de la mujer a como yo he dicho. Es celeste su llanto, y las làgrimas de la hermana menor eran potente veneno para mover a Andrès. Los lloros de Rosàngela, a quien adorò desde que saliò del vientre materno, eran conjuros de sal, sortilegios de nubes internas, celestes mandatos para Andrès. Andrès examinò minuciosamente los exàmenes de su hermana. El mismo ceño fruncido, y luego una sonrisa torcida, casi una mueca de dolor, un rictus de duda y ya.-Creo tener lo que necesitàs. Venìte pasado mañana y veremos què hacemos.
Al oirlo me agitè. Unas ondas casi imperceptibles surcaron en la enorme campana de vidrio donde yo estaba. Era mi alegrìa. Nuevamente, iba a estar completo. Nunca habìa olvidado la sensación acogedora de ser parte de algo, de alguien, de estar cobijado por hueso, amortiguado por lìquido viviente, alimentado por sangre y no suero proteìnico. Otra vez yacer bajo piel y cuero cabelludo, tener correspondencia con la almohada, sentirse coqueto bajo un sombrero. La sensación de emitir y recibir sensaciones y que el pensamiento mìo serìa como una orden a la que darìan seguimiento los dedos, la mano, el brazo, el cuerpo. Todo. Ser parte de un todo y gobernar a ese todo. Con razòn los reyes morìan en el exilio, languidecìan al perder el cetro y la corona, lloraban por sus tronos. Lo mejor era que iba a conocer a Rosàngela Abaunza desde lo profundo de su ser, iba a poseer ese cuerpo perfecto màs allà del efìmero momento de una còpula, iba a residir aunque fuera brevemente dentro de ella, la conocerìa a como ningún macho conoce a su hembra. Jodido, què privilegio màs ùnico!

Cuando comencè a funcionar dentro del cuerpecito del bebè de Rosàngela Abaunza, pudo darme cuenta de poderes que yo tenìa. Su barriga gestante no poseìa sombra, y para ser exactos ni la misma Rosàngela la tenìa, aunque no se dio cuenta de ello. Yo estaba feliz. Casi olvidaba la delicia de recibir alimentos, el sabor de la glucosa energizante, el olor a èxtasis del producto de la pineal o el aroma a incienso que creo haber detectado en la pituitaria. Mi felicidad no estuvo empañada por el apretujòn continuo del parto cuando Rosàngela Abaunza por fin dio a luz a su bebè. Era increíble la expresión de alivio del pobre ucraniano cuando el obstetra le entregò en sus brazos lo que èl esperò que serìa quien sabe què fenómeno con cola y escamas fosforescentes. –Rubèn, Rodion Fèlix Rubèn seràs-dijo Rodion Fantaleiko, con làgrimas de alegrìa y tambièn remordimiento al sostener al bebè de cabellos rubios.
Ver el rostro de Rosàngela Abaunza fue uno de los momentos màs inolvidables de mi vida. Tras haber visto estampas o imàgenes o ìconos de la iglesia ortodoxa rusa en mi anterior turno en el valle de la piel y la existencia terrenal, me daba cuenta què desperdicio de yeso y esmalte eran todas esas vírgenes de Guadalupe, de Fàtima, del Socorro, de Coromoto en Venezuela, incluso la Virgen Negra de Praga. Ficciòn. Recordè fugazmente a la Rosa, la que me habìa hecho y luego parido a bordo de una carreta mientras odiaba al hombre que le implantò la semilla. No, ni ella era comparable a esta obra de arte en carne y hueso que era Rosàngela Abaunza. Fue un coup de foudre, el flechazo consabido, el golpe de gracia. Desde mi envoltorio blanco y suave con que me llevaron a la sala cuna me di cuenta que nunca màs amarìa con mayor intensidad.
Ir creciendo poco a poco al lado de Rosàngela Abaunza y Rodion Fantaleiko serìa una experiencia distinta. Era tan rico tener a ambos padres bajo el mismo techo, gozarlos, no estar posando con allegados que en cualquier momento podrìan arrepentirse de darte un sencillo plato de comida. Y la biblioteca de estos señores! Mi primera frase fue mitad en español y mitad en ruso. Aprendì a leer nuevamente a los tres años. Rosàngela Abaunza me llevaba a su oficina y todos me admiraban. Me peinaba la cabellera rubia en bucles. Y me adoraba. Me sentìa bien abrigado, protegido. Contento y amado, agradecido de ser parte de un todo y ser el todo a la vez. De los tres nombres me quedò como hàbito solo el Rubèn. Y era bueno eso, pues era al ùnico al que debìa de responder.
Tenìa solamente como unos 9 meses de haber sorprendido a mis padres leyendo y escribiendo de corrido a los tres años cuando sucediò lo inesperado. Ya asistìa yo a un parvulario cuando mi padre llamò a mi madre para avisarle que debido a una emergencia en la refinerìa donde èl laboraba, no podrìa irme a traer al colegio a las doce del mediodìa a como usualmente hacìa, y que serìa mejor si solo por hoy, ella fuera por mì. Mi mamà, quien estaba en medio de una campaña educativa, tambièn estaba atareada. Ese dìa se desocupò hacia las 3 de la tarde y corriò a buscarme al colegio. La maestra, quien ya se iba a casa, estaba sorprendida al verla llegar. Le dijo que hacia la una de la tarde, una mujer que dijo llegar en nombre de mi padre, me habìa llevado a casa. Mi mamà supuso que era Brenda, la secretaria de mi papà, quien a veces le hacìa mandados personales. Rosàngela se devolviò a su oficina y no fue hasta las 7 de la noche que ella regresò al hogar. Nomàs entraba cuando mi papà le preguntò:-Y el niño?
Rosàngela Abaunza palideciò.-No està con vos? No lo mandaste al fin a traer con Brenda?
-Yo ni te llamè pues supuse que lo tendrìas en tu oficina con vos, porque aquì en la casa no està. Brenda incluso està de vacaciones.
Asì comenzò la pàgina màs amarga de mi historia con mis padres. En realidad una mujer me habìa llegado a traer, diciendo a la profesora que iba en nombre de mi padre. No me llevò a mi casa, pero era tan amistosa que no le tuve miedo al inicio. Mis padres se hicieron locos buscàndome, yendo a los medios de comunicación, ofreciendo recompensa, pero obviamente no me habìan secuestrado para sacarle dinero a nadie. Nadie pedìa rescate por mì. Era obvio que no habìa intenciòn de devolverme. El corazòn se me hizo pesado pensando en que jamàs verìa de nuevo a Rosàngela Abaunza, que ya nunca jugarìa con Rodion y que mis numerosos gatos y mi perrito collie me extrañarìan horriblemente. De alguna forma yo intuìa que tarde o temprano volverìa a verlos en la vida, pero la espera se iba a hacer interminable.
Pero no era solo intuición lo que me indicaba que alguna vez volverìa a verlos. Podìa percibir la angustia desmedida de mi madre, la aflicción de mi padre(no me imaginaba que me amaba tanto, y me estaba dando cuenta hasta ahora que ya no lo tenìa a mi lado!) Sentìa el pasillar del perro buscàndome en mi habitación, el letargo triste de mis gatos durmiendo encima de mis almohadas como tratando de hacer algún sortilegio para que yo volviera a su lado. Claro, aùn estaba a pocos kilómetros de donde residìan mis padres. Pero pronto mi secuestradora tomò medidas dràsticas. Casi a un mes de haberme secuestrado, la mujer montò en un aviòn conmigo, llegamos a Nueva York y ahì tomamos un Concorde rumbo a Londres, donde ya me esperaban. Fue al arribar a esa ciudad que me di cuenta de las intenciones que tenìa la persona que me habìa secuestrado. Un lord inglès, cuyo hijo estaba muriendo por un defecto congènito del corazòn, le habìa encargado conseguir un niño saludable de màs o menos la misma edad del moribundo, para extraerle el corazòn y poder realizar el transplante que salvarìa la vida del muchacho. O sea, la mujer era un miembro màs de una organización que se dedicaba al tràfico de òrganos para transplante, y en eso habìa millones de dólares de por medio. Quièn sabe cuànto habìa recibido como bolsa de reales por mì la muy maldita. Ahora yo estaba en aprietos. Iban a abrirme el pecho, sacarme el corazòn donde estaba Rosàngela Abaunza para siempre, y se lo iban a dar a otro niño quien tenìa el privilegio de ser muy amado y que su padre tenìa un montòn de plata. Al andar puesto mi corazòn, comenzarìa el inglesito a amar a distancia a Rosàngela? Para los egipcios era el corazòn y no el cerebro donde estaba asentada el alma, algo en lo cual no acabo de creer.
Sir John Armstrong Heathstone entrò en un pavoroso dilema apenas me vio. Quedò asombrado por mi inteligencia y el hecho de que ya hablaba algunas palabras en inglès. En resumen, quedò flechado. A la par mìa, su moribundo hijo de 4 años era apenas una sombra. El lord inglès cometiò el craso error de prendarse de mì, de hacer amistad conmigo, como Abraham Lincoln que se encariñò tanto con sus pavos que no los sacrificò para la cena de Acciòn de Gracias y si los tuvo a la mesa, fue debajo de ella lanzàndoles mendrugos de comida. Sir John se vio salvado por el kismet-a como llaman los islàmicos al destino- cuando una noche antes de la operación programada, su hijito muriò durante el sueño con una sonrisa en los labios.
El rubio inglès, viudo y sin màs hijos o familia cercana, se aferrò a mì como nàufrago a una tablita. Era inútil pensar que me iba a dejar ir, a devolverme a Nicaragua. En primer lugar habrìa tenido demasiado que explicar sobre còmo lleguè a sus manos! Para garantizar que el derecho lo asistìa, llamò a su abogado. Me adoptò formalmente, dejando mi nombre como Jan Rubens Armstrong, y màs luego me aclararìa que el Jan Rubens era por el padre del gran pintor flamenco Pedro Pablo Rubens, el que pintaba bellas gordas. El inglès admiraba a Jan Rubens por bandido, por pìcaro que se dio el lujo de juguetear con la princesa Ana de Sajonia cuando èsta ya estaba casada con el famoso padre de la independencia holandesa, Guillermo el Silencioso. Jan Rubens se atreviò a preñar a la desquiciada princesa allà en tiempos del Renacimiento, aunque tuvo que guardar càrcel por ello. No sè si me incomodaba o me daba risa llevar el nombre de semejante granuja.
Lo cierto es que fui tratado con esmero. Me metiò a un colegio privado carìsimo, el Eton, y ahì me tocaron por compañeros algunos de los vàndalos màs temibles de Inglaterra, pero estaban amparados por tìtulos nobiliarios y reales. Era como crecer en medio de una pandilla de lujo. Habìan miembros de la familia reinante de Inglaterra, un montòn de tufosos de cuidado. Ninguno sacaba buenas notas por esfuerzo propio. Mi padre adoptivo jamàs tuvo que pagar tutores por mì, ya que en todo iba arriba de 98. Mis maestros me consideraban el alumno modèlico, y derramaban alabanzas sobre mì. Al descubrir mi padre adoptivo mi amor por las criaturas, me asignò 4 gatos, dos perros y una lora importada del Africa que le debe haber costado un ojo de la cara. Sabiendo que si yo proponìa regresar a Nicaragua iba a reventar la burbuja de cristal en la que vivìa, decidì aguardar por largos años mientras adquirìa mi esmerada educación. Iba ahorrando dinero de la gruesa mesada que me daba Sir John. Era para el pasaje de vuelta a Managua.
No tenìa caso escribirle a mis padres. Creerìan que era un burla, o a lo mejor habìan comenzado una nueva vida en otro lado. O ya no me recordaban. Pensar en lo ùltimo dolìa. Y mucho.

Para mientras, habìan ciertos paliativos para el dolor de la distancia. En mis ratos libres estaban Godofredo Chaucer, Alfred Lord Tennyson, George Gordon Lord Byron, John Keats, Percy Bysshe Shelley, William Butler Yeats, Oscar Wilde, Alexander Pope Jane Austen, Charlotte y Emily Bronte, Sir Walter Scott, la inefable Mary Godwin Shelley y los escritos feministas de su mamà Mary Wollstonecraft, Jonathan Swift, Ben Jonson, Christopher Marlowe, William Shakespeare, John Donne, Robert y Elizabeth Browning, Charles Dickens, Rudyard Kipling, George Orwell. Daniel Defoe, Dante y Cristina Rosetti, George Bernard Shaw, William Makepeace Thackeray, James Joyce...
La literatura inglesa e irlandesa me devoraban por completo. De por sì mi padre adoptivo era un hombre muy letrado quien promovìa mi hàbito de la lectura, pero los libros que faltaban en su biblioteca poco a poco fueron adquiridos por mì. Comencè a escribir mis primeros poemas a los 10 años. A partir de los doce años, no habìa una sola velada del colegio en la cual no estuviera yo. Me graduè con honores y mi padre adoptivo propuso mandarme a Sandhurst, una academia militar inglesa que tenìa entre sus ex alumnos a nada menos que a Winston Churchill. En realidad no me atraìa tanto ser militar a como tampoco me hubiera gustado ser gay-con lo loco que me volvìan las mujeres-pero no querìa contrariar al viejo. El querìa un militar y si yo podìa darle el gusto se lo iba a dar. Al cumplir mis 18 años me habìa contado la verdad de còmo yo lleguè a Inglaterra y para què. Para entonces ya estaba puesto a mi nombre en el banco un gordo fideicomiso que garantizarìa que yo no tuviera que trabajar jamàs si asì lo deseaba, lo cual me parecìa lo màs ridìculo del mundo. En su testamento a la cabeza estaba yo como heredero de una vasta fortuna, con fuertes sumas para unos refugios-consultorios de animales en Inglaterra y Francia, una cantidad respetable para Ian Heathstone(un sobrino en segundo grado) y una donaciòn para dos museos. Encantado por mi talento para la literatura, Sir John financiò la ediciòn de mi primer libro de poesìas escritas en inglès-con un tiraje de apenas 30 mil ejemplares-y no fue antes que una buena mitad de estos libros fueron vendidos que mi padre adoptivo procediò a morirse de un infarto explosivo mientras disfrutaba de una chavala de 19 años recièn llegada de la India.
Con la muerte de Sir John nada me detenìa para regresar a Nicaragua. Desde que lleguè a Londres, el sobrino en segundo grado de Sir John habìa mostrado muy buena voluntad hacia mì y a menudo ìbamos a practicar deportes juntos. Era solamente nueve años mayor que yo, y estaba mencionado con una suma en el testamento de Sir John. Hace dos años habìa egresado con una licenciatura en administración de empresas y estaba laborando para una firma que no le daba buen salario. Decidì contactar a Ian, y tras pasar unos dìas juntos, aceptò gustoso hacerse cargo de las empresas que Sir John habìa dejado a mi nombre. Nombrado como presidente de las mismas y con un salario enorme, màs acciones en todas las tres empresas, Ian estaba contento. Quizàs por eso se sintiò en obligación de contarme la razòn por la cual su tìo me habìa traìdo en primer lugar.
Fue grande su sorpresa cuando le manifestè que yo ya sabìa por boca de su mismo tìo, quien me lo contò ya siendo yo un adolescente.-Querràs regresar a tu paìs, no? Por eso me cargas con tanta responsabilidad?
Mi paìs? Habìa arribado a Inglaterra siendo muy pequeño. De alguna forma, encontrè educación, cariño, comida, lujos y aceptación en Inglaterra. Era ahora Sir Jan Rubens Armstrong, vigèsimo earl de Heathstone, con un tìtulo conferido al ancestro de mi padre adoptivo en tiempos de la Guerra de las Rosas. Nunca sufrì discriminación, y aunque ahora sabìa el verdadero motivo por el cual fui traìdo, no guardaba rencor hacia Sir John. Yo hubiera hecho lo mismo quizàs para salvar a un hijo. O a una madre. Si Rosàngela Abaunza hubiera estado en peligro de muerte, no hubiera yo ofrecido parte o todo mi cuerpo por ella? Hasta la vez el recuerdo càlido del regazo tibio de mi madre tenìa el poder inmenso de conmoverme. En mi libro de poemas habìan varios poemas alusivos a ella. Què dirìa ella si me viera ahora, convertido en un lord inglès, con un libro publicado y melena oscura y desordenada? Ella de seguro recordaba los rizos de oro que tuve al nacer, heredados de mi papà ucraniano, pero me habìa pasado la de las focas que nacen blancas y luego se hacen negras. O las del zopilote, dirìan en Nicaragua? Era Nicaragua mi paìs? O era la Inglaterra abundante y culta la que merecìa ser llamada patria por mì?-Tengo dos paìses, Ian. Nacì en Managua, pero Londres es mi casa.
-Yo te entiendo pues yo crecì en Irlanda, me fui de Inglaterra a los dos años de edad. Mis padres estàn sepultados allà en Dublín. Hasta hace cuatro años que vivo acà, y si te he de confesar algo, me cuesta aclimatarme pero lo voy a tener que lograr. No sè si me entiendes, pero dime si cuando estuviste en Irlanda no te enamoraste de lo verde que es?
-Bueno, es verdad. Es una isla bella, con gente linda. Veremos què pasa cuando vaya a Nicaragua.Lo que recuerdo de Nicaragua es muy lindo, un paìs tropical lleno de frutas sabrosas
Ian pasò un brazo por encima de los hombros de Rubèn.-Yo prefiero que te quedes acà, aunque cualquiera me dirìa que te deje ir para despeluzarte las empresas y quedarme con todo...Pero yo creo que cada quien ya trae para què va a servir o una lìnea de vida por cumplir. Que hayas venido a dar a Londres no fue accidente, y si lo fue de veras que se tratò de un afortunado accidente para mi tìo John, para vos mismo y hasta para mì. Nadie lo hizo màs feliz que tù, ya que mi tìa Amanda al morirse en el parto del niño, y luego al fallecer mi primo a los cuatro años, virtieron solo tristezas sobre el pobre hombre. Pero quiero que me prometas una cosa. Si de veras no logras encontrar en Nicaragua lo que tù esperas hallar, si eres infeliz, si te rechazan, si no encuentras a Rodion y Rosàngela, volveràs acà?
Rubèn mirò detenidamente el rostro claro, los ojos verdes de su familiar. Habìa sinceridad en Ian.-Por supuesto que vuelvo. Vos tambièn sos familia, aunque haya llegado a vos y a John de la forma menos idònea.
Despedirme de Ian fue màs difícil de lo que imaginè serìa. Confiaba plenamente en que Ian administrarìa las empresas con buen tino. En realidad yo estaba muerto de miedo porque me lanzaba al vacìo, a un paìs que era donde dejè mi ombligo pero con el cual no tenìa ninguna relaciòn. No solo iba yo en una aventura sino que llevaba la responsabilidad de mis gatos, los dos perros y la lora vieja. No tenìa la menor idea què iba a hacer, aunque ya Ian me habìa contactado a una agente de bienes raìces en Managua para llegar a caer a un apartamento amoblado con todas las buenas condiciones a las cuales estaba acostumbrado en Londres. Ningún hotel me acomodarìa con semejante cantidad de animales y maletas que llevaba. De dònde habìa sacado yo tantos cachivaches? Una vez que leì sobre San Bernardo de Clairvaux, el cisterciense que fue amante del irlandès San Malaquìas, el santo decìa que en el templo solo Dios y vos, como si le salìan sobrando los altares recamados de pedrerìas o las imàgenes con rubor casi natural. Yo iba con un cerro de maletas, como gitano expulsado. Por lo menos sabìa que si me iba mal, podrìa volver a Londres y vivir bien. Mi pasaporte britànico que me identificaba como Jan Rubens Armstrong me lo ratificaba, aunque hubiera comenzado mi vida como Rodion Fèlix Rubèn Fantaleiko Abaunza.
En el aeropuerto los que registraron mis maletas quisieron quedarse con algunas cosas que traìa. Al no dejar que me quitaran nada, descaradamente solicitaron un soborno alegando que el poteen-cususa irlandesa- que yo traìa pagaba impuestos. Tras repartir unos 50 dòlares entre los empleados de aduanas, salì y busquè un taxi. Le di la direcciòn del apartamento que me habìan conseguido y tras mirar con desprecio las jaulas donde venìan mis animales me dijo que no alcanzaba tanto calache, que mejor conseguìa una camioneta de tina con un amigo suyo del mercado Oriental. A los 20 minutos el otro hombre con su camioneta destartalada estaba en el parqueo del aeropuerto, y tras exigirle que no golpeara las jaulas porque los animales tambièn sienten, en 30 minutos màs luego yo estaba ante el apartamento donde vivirìa. Estaba en casa...pero serìa un hogar?Habìa un enorme traspatio techado, protegido por una enorme muralla, con piso de tierra y exòticas plantas. No habìa forma de salir de ahì. Soltè a los miàcidos y a los perros, y coloquè la jaula con la lora debajo de un enorme arbol de mango. Alimentè a los animales, los acariciè y los observè un rato. Iban a estar bien, aùn en un paìs donde sus nativos salvo raras excepciones sentìan un profundo desprecio por las criaturas. Què dirìa el Mahatma Gandhi sobre Nicaragua?Reafirmarìa que una civilización es tan avanzada en la medida en que traten bien a los animales y a los viejos.Y yo?

Fui al interior de la casa, examinè cuidadosamente el mobiliario, y abrì la nevera. Estaba repleta de comida. Extrañè violentamente el yorkshire pudding y el rosbif de Londres, pero me tuve que contentar con unos alimentos de los que estaban refrigerados. Ya estaba aquì. Me lancè sobre el enorme lecho y dormì como piedra. Cuando me despertè ya eran las ocho de la noche. Fui a chequear a los animales, quienes se estaban adaptando mucho mejor que yo. Desempaquè solo una caja, y la guia telefònica, que estaba sobre la mesa del telèfono, me llamò la atención. Ahì podrìa estar el telèfono de mis padres. Pero decidì comenzar la bùsqueda de mi pasado para el dìa siguiente. Ya estaba adaptàndome a Nicaragua, donde todo se deja para mañana aunque se pueda hacer anteayer. O estaba eso en mis genes? Mañana ya serìa otro dìa.

Estaba yo despertàndome, aùn cansado por el jet lag, a las 8 de la mañana cuando alguien timbrò a la puerta. Me asomè por la ventana y vi a una señora cincuentona, gorda, muy morena. Tras hacerla pasar, algo que no debì haber hecho siempre pues Nicaragua estaba sacudida por una ola considerable de delincuencia, me dijo que ella era el ama de llaves que mi agente de bienes raìces me habìa conseguido. Presentò sus cartas de recomendación, cèdula de identidad y todos sus documentos pertinentes. Era doña Mercedes Solìs viuda de Ramìrez, viuda de un militar que muriò poco después que yo naciera, y era madre de tres hijos, dos de los cuales que ya estaban casados en Estados Unidos y otro que trabajaba en la refinerìa petrolera. Doña Mercha. Nos pusimos de acuerdo para su salario y metiò sus cosas al dormitorio asignado para el servicio domèstico. Inmediatamente después, se puso manos a la obra con mi desayuno.
Recordando que mi padre trabajaba para una petrolera, le preguntè:-Su hijo no conocerà en el trabajo a un ingeniero ucraniano llamado Rodion Fantaleiko?
Doña Mercha me mirò quedamente.-Un rusote grande de barba chela que es ingeniero?
-El mismo.
-Mi hijo Enrique a menudo lo lleva a casa a cenar, es muy simpàtico, bien parejo y campechano, y ya es màs nica que el pinol, pero se le mira que tiene una gran mocepa adentro, tiene unos ojos bien tristes a veces. La esposa del ingeniero parece muñeca, y aunque trata de verse alegre, tambièn anda como metido el diablo. Y de dònde los conoce usted, señorito Rubèn, si acaba de venir de Inglaterra?
-Referencias, nomàs referencias, doña Mercha. Tienen hijos?
Sirviendo una enorme porciòn del gallo pinto que tanto extrañaba yo, la mujer me dijo:-No, del todo. Se mira que son un matrimonio bien llevado, pero no hay hijos. Enrique me ha contado que solo tuvieron uno allà por 1988 o 1987, no me acuerdo, y era un muchachito lindo, pero tuvieron la sal de que se lo secuestraron y movieron cielo y tierra por hallarlo, ofrecieron recompensa, y nada. A los meses la policía les devolviò un cadáver todo machacado, irreconocible, y con el pechito abierto, como si lo hubieran usado para algún brujul de los indios de antes, porque le faltaba el corazòn. Nadie les pudo decir con seguridad si era el cuerpo del muchachito, pero le dieron sepultura en el cementerio de Monseñor Lezcano. Aunque la policía prometiò una investigación a fondo, usted sabrà que la policía de Nicaragua es màs corrupta que los mismos criminales. Bueno, coma, señorito, que bien podrìa aumentar unas libritas. Està todo mayato y flaco, todo un quijongo y aquì en Nicaragua la comida es bien sabrosa, y yo lo voy a cuidar bien.
En realidad, yo recordaba el gallo pinto, el maduro frito, los huevos rancheros y las cuajadas ahumadas. En algún rinconcito de mi memoria estaba el pinolillo helado que tomaba cuando niño. Tras desayunar me sentìa listo para enfrentarme al mundo. No quise seguir preguntando a doña Mercha, quien se puso a hacer otras
faenas. Alimentè a los animales, quienes ya estaban superando el jet lag mejor que yo. Dos de los uñudos ya estaban en una rama del palo de mango, colgados como leopardos en miniatura. Me bañè, me vestì, le di instrucciones a doña Mercha de desempacar todo y me dispuse a salir. Busquè antes de irme el nombre de mis padres en la guìa telefònica y lo hallè. Era otra la direcciòn, ya no vivìan en Bolonia, que era donde yo habìa habitado con ellos en mi remota niñez.
Còmo iba a presentarme donde ellos? Incluso me daban por muerto! La deficiente policía del paìs, con tal de no enredarse màs ni tener problemas, les habìa presentado el cadáver de saber què infortunado muchachito, y ellos se tragaron el cuento que era yo. Llevaba el corazòn en la boca, e iba sudando a chorros. El taxi me dejò a una cuadra de la casa de mis padres. Me envalentonè para apretar el timbre en la alta muralla que rodeaba a la casa. Una domèstica gorda y sudorosa saliò, y sin abrir el portòn, me preguntò què deseaba.
-Mala pata joven. Doña Rosa està en la universidad desde las siete, y don Rodion hace ratito se fue a la refinerìa. No vuelven hasta después de las 6 de la tarde. Algún mensaje que quiera dejar, con gusto se los transmito, o si me deja el nùmero de telèfono donde lo puedan localizar?
Me quedè perplejo. Còmo podrìa dejar el recado: miren, los busca su hijo secuestrado y supuestamente descuartizado, espero estèn bien, no les vengo a pedir nada sino que tras tan larga ausencia, no me cae mal ver a los viejos. Còmo estàn? Al verme titubear, la criada me dijo:-Ud. debe ser estudiante de la UNAN, allà con doña Rosa...pues bùsquela allà, o es que lo aplazaron y quiere quejarse con la vice-rectora?
-Gracias, señorita. Allà la buscarè, creo que es mejor-dije, y casi salgo corriendo.
Vice-rectora mi Rosàngela? Estarà arrugada, con rictus de amargura, con canas en el pelo de tiniebla? O serìa la misma belleza que yo recordaba, electrizante, increíble, tan perfecta? Pero yo sabìa que daba igual, Rosàngela Abaunza serìa para mì siempre lo perfecto, lo ideal, lo propio, lo ùnico.
Casi me alegrè de no encontrar ni a ella ni a mi padre. Era como una situación bastante complicada. No habìa ni desempacado totalmente, no conocìa esta Managua màs desordenada, tenìa que organizarme para poderme presentar ante mis padres. Iba a ser un cataclismo emocional.
Pensàndolo bien, quizàs la mejor manera de suavizar el encontronazo era matriculàndome en la universidad donde ella era vice-rectora. En realidad nunca quise ir a Sandhurst, y querìa seguir mi inclinación por las letras. Ya que era septiembre, me fui a informar para entrar al año siguiente, cuando ya tuviera todo en orden, quizàs comprara hasta un auto, y estuviera mejor aclimatado a Managua. Una vez que hube tenido todo desempacado, llevè mis documentos y diploma de Eton y paguè la prematrìcula. Me quisieron asustar con el cuento que el examen de admisión era casi impasable. Mi español nunca se habìa visto resentido en Inglaterra, pues lo practicaba continuamente con unos amigos españoles y leì vorazmente a todos los autores del siglo de Oro, y cuantos genios españoles habìan publicado obras. Me fascinaba Miguel Hernàndez, sobre todo su Nanas de la Cebolla que me hacìa llorar cada vez que lo leìa, y podìa recitar de memoria a Machado, Aleixandre, y Lope de Vega. Por matemàticas no habìa problemas, pues los maestros de Eton se garantizaron de que nunca bajara yo de 95. El examen fue fijado para mitad de diciembre. Ian heathstone, a quien le escribìa casi diario, me recomendaba que consiguiera un tutor para no dar vergüenza en matemàticas, y aplaudìa que yo estudiara filologìa y comunicación. El siempre habìa querido estudiar artes y
letras, pero no habiendo mucho dinero en su lado de la familia mientras crecìa, tuvo que aceptar una beca para estudiar administración de empresas. Adquirí una camioneta Nissan doble cabina, una computadora nuevecita con todas sus extras, y doña Mercha me consiguió un monito titì para añadir a mi colección de animalitos. Los gatos al principio le tuvieron pavor, pero luego amistaron con èl.
Poco a poco fui tomando una rutina, y aunque tenìa el enorme respaldo monetario en el banco con mi fideicomiso, y Ian Heathstone siempre me mandaba
un enorme estipendio, tuve las ganas de trabajar como cualquiera. Mi inglès britànico me consiguió un cargo de docente de niños y adolescentes en un centro de idiomas, impartiendo clases en las tardes y las noches. Pasè el examen de ubicación de la universidad estatal con 98, lo cual en medio de tantos 40s, 30s y menos, resultò una agradable sorpresa para los miembros del consejo nacional de universidades. Estaba tan baja la escolaridad en Nicaragua que hasta un reportero de un periòdico me pidiò una entrevista, la cual concedì en mi casa. Cuando fui a pagar mi matrìcula y escoger la carrera que era mi primera opciòn por fin vi a Rosàngela Abaunza.
La fila para realizar las gestiones de matrìcula, asentar la carrera y sacar el carnet eran enormes. Yo estaba ahì en fila cuando primero sentì el aroma que siempre he identificado como el olor de mi madre, y luego la vi. Parecìa màs joven de lo que era, apenas unas patas de gallo surcaban sus pàrpados, y tenìa el cabello tan negro como yo lo recordaba. Estaba enojadìsima. Le irritaba el tortuguismo de los funcionarios de la universidad.
-Còmo es posible que toda esta gente de nuevo ingreso aùn estè en fila y ustedes no se menean ni que les lance una carga cerrada a los pies? Miren què impresión màs horrible se estaràn llevando nuestros pelones... cuidado que muchos salen huyendo antes de matricularse y no los culpo! Y vos, que supuestamente sos la divulgadora de acà y debìas tener los brochures hechos, donde rayos los tenès que se llegaron a quejar varios que ni los querès atender, Marìa Josè?-reclamò Rosàngela Abaunza.
La aludida, una mujer gorda, cuadrada y con aspecto de travesti lamentable, balbuceò cualquier disparate y saliò a buscar los tales brochures. Rosàngela Abaunza iba tras de ella cuando se detuvo y me quedò mirando.-Vos sos el del 98 en el examen de ubicaciòn, saliste en El Nuevo Diario. Te vi de refilón, a veces no me queda ni tiempo para leer los periòdicos, pero sì vi la foto.
-Jan Rubens Armstrong para servirle señora.
-Rubèn en Nicaragua, aunque no seas nica.
-Lo soy, màs nica que el pinol.
-Encantador, muchacho, pero bueno, ya hablaremos. Esta es mi tarjeta, buscàme en mi oficina cuando tengàs un tiempito. Soy la vice-rectora acadèmica, Rosàngela Abaunza de Fantaleiko. Para servirte. Què vas a estudiar?
-Filologìa y comunicación. Ya soy aspirante a literato!
-Tan joven? Yo estudiè idiomas y literatura rusa.
-19 años.
-Debo irme, hijo, pero espero verte pronto. Que tengàs un buen dìa, Rubèn.
Buen dìa? No señora, no tuve un buen dìa. La mirè alejarse, y a como dijo Gerardo Hernàndez en su poema titulado La Emperatriz China, tuve que echarle muchos nudos a mis sentimientos para que no salieran a encontrarla, hubo mucho control de mi parte para no salir tras de ella, abalanzàrmele encima como un guepardo al impala, levantarla en el aire y matarla de un susto. No me habìa reconocido! Una profunda decepciòn amenazaba con cometerme, hasta que puse a trabajar la frìa lògica inglesa con la cual habìa sido criado por Sir John. Rosàngela Abaunza perdiò hace tantos años a un gordito rubio de ojos grises de menos de 4 años de edad, su muñeco chele, su bebè. Lo buscò, lo llorò, y no lo olvidò. Y què veìa ante ella ahora? Un extraño, un flaco quien construyò su bronceado en Biarritz, Marruecos y Brighton, un joven de 19 años cuyo color moreno se debìa a miles gastados en Coppertone, làmparas solares y quièn sabe què menjunjes màs. Sir John , quien era de un tono rosàceo que en las mujeres llamaban English Rose, se reìa a mandíbula batiente de mis intentos por parecer negrito. Mi cabello rubio de la primera infancia habìa acabado en un caoba indefinido, una enorme nube de pelo a como me imagino debe haber sido la melena de Tecumseh de los Shawnees, y los ojos grises maduraron hacia un tono tiguilote maduro que apenas se notaba a la distancia. No, señores, no era su niño. La barriguita redonda de bebè se habìa disuelto a lo largo de años de atletismo, kendo, rugby, sòccer y nataciòn. Estaba fibroso, pero siempre flaco. Tenìa razòn doña Mercha, quien continuaba cocinando para mì como si estaba engordando un lechón para Navidad. Me faltaban unos kilos para no parecer el silbido nocturno de mi vieja lora. Pero se habìa fijado en mì. Rosàngela Abaunza ya sabìa que existìa, aunque fuera por el 98 que peguè en el examen de ubicación para entrar a la universidad.
Ya la vi, fue lo primero que le escribì por correo electrònico a Ian Heathstone esa misma noche. Seguìa escribièndole casi todos los dìas, y lo llamaba cada fin de semana. En realidad lo extrañaba muchìsimo. Ian Heathstone recibiò este correo mientras estaba con el escritorio hasta el copete de papeles por firmar. Pero tuvo el tiempo suficiente para agarrarse la cabeza a dos manos y pedir casi a gritos a su asistente que le llevara dos Tylenols extrafuertes con un vaso con jugo de naranja porque lo mordiò una migraña de tamaño olìmpico. Migrañoso a travès de su padre, quien padecìa este mal hereditario desde chiquito, Ian Heathstone temblò al leer el correo mìo. Me lo dijo al responderme, aunque si èl no me lo hubiera confesado, igual lo hubiera detectado yo. No le quiebres la vida a ella, primo. Viviò unos 15 años sin tì y de alguna manera sobreviviò con suficiente ànimo como para poderle gritar a esa gentuza que trabaja con ella para que sean màs eficientes. Debes ponerte en su lugar, yo no sè què harìa si de repente me cae un hijo perdido de corbata. Capaz me cago en los calzones. Todo caldo se enfrìa. Y no te equivoques, ni la equivoques, para que no me den màs jaquecas siquiera. Ten piedad de mì. Has sido sensato toda tu vida, no comiences a parar el culo hacia arriba y a estrellar mierda contra un abanico prendido. Pobre Ian Heathstone con sus jaquecas. Para colmo yo le habìa provocado una màs. Apreciè sus buenas intensiones, pero no me podìa contener. Què ganas de llegar a su casa, saltarme la cerca enorme aunque me mordieran sus perros, y aterrizar al lado suyo para informarle que regresè, que nunca estuvo ausente de mì, que hasta ahorrè en un chanchito de porcelana de Dresde lo que serìa el pago del pasaje de aviòn de regreso, que la seguìa adorando como el primer dìa que la vi cuando nacì un 18 de enero con los ojos prematuramente abiertos. El amor desmedido que tambièn sentìa por mi padre ucraniano me ahogaba, pero no era tan estrujante y explosivo como el que me inspiraba esa muñeca viviente que era Rosàngela Abaunza. A como decìa el emperador y filòsofo de Roma, Marco Aurelio, la pasiòn por la madre es el amor incontenible hacia la propia carne. Nada superaba el hecho que uno ha estado dentro de aquella persona a quien llamamos madre, que ella nos hizo mientras cocinaba, estudiaba, soñaba o hacìa poemas. Se daban cuenta las mujeres de su capacidad pavorosa de originar monstruos quienes luego no tendrìan màs inclinaciones que devorarlas de pies a cabeza, como yo? Por eso muchos hombres trataban de compensar sometièndolas, maltratàndolas o ignoràndolas. Esa capacidad solo puede engendrar asombro, amor, o envidia de la màs pura. El compositor con su sinfonìa, el poeta con su soneto, el escultor con su estatua, el actor con su interpretación eran solo pàlidas sombras a la par de una madre. Ella fabricaba, creaba a una persona, a un ser inimitable e irremplazable. Y lo hacìa mientras leìa, trabajaba o reìa, mientras que el artista necesitaba estar solo dedicado a la hechura de su obra. Toda madre es una diosa.
Y yo necesitaba convertir toda esa ansia de posesión, admiración y agradecimiento a la mìa en una religión cotidiana. Con razòn Ian Heathstone tenìa miedo. Podrìa equivocarme, o peor equivocarla a ella.
Al comenzar las clases en marzo, fue màs fácil poder informarme sobre ella, para poder saber còmo iba a abordarla. Era considerada como una genuina genio por derecho propio. Habìa publicado varios libros, y entre ellos iba uno de cuentos. Y otro de gramàtica rusa. Hablaba inglès y francès, ademàs e portugués y àrabe. El esposo habìa ido escalando en la jerarquía tècnica de la refinerìa, llegando a ganar bastante bien para alguien en un paìs del Tercer Mundo. Los esposos tuvieron chance de viajar varias veces a Ucrania en el transcurso de los 15 años en que no estuve con ellos. Pero no habìa habido màs hijos. El hermano mayor de Rosàngela Abaunza era uno de los profesores de medicina de la universidad, y Andrès Abaunza seguìa siendo considerado como un genio loco. Sin embargo, los estudiantes de medicina lo veneraban. Ya estaba viejo, pero se rehusaba a jubilarse y ya sesentòn, aùn cabìa en su talla 28 de pantalones. Andaba la enorme melena cobriza en una gruesa trenza que le llegaba a las nalgas, era vegetariano y arribaba ruidosamente a la universidad a bordo de una motocicleta digna de un Angel del Infierno. Mi tìo. Podrìa ser el puente para llegar a Rosàngela Abaunza?
Una tarde tras salir de la biblioteca, pasè por las aulas de medicina. El estaba en una banquita comiendo unos pimientos rellenos de queso. Enroscado como un adolescente y sin los anteojos, disfrutaba de su merienda cuando lo abordè.-Doctor Andrès, buenas tardes. Rubèn Armstrong para servirle.
-Buenas, sentàte niño. El mejor alumno de la carrera de filologìa, no? Coquito privilegiado.
Me debo haber ruborizado, lo cual hizo que sonriera. Se miraba aùn joven.-A mì me gustan las letras tambièn, aunque la mayor parte de los mèdicos no reconocen un soneto de Petrarca o algo sabroso de Garcìa Lorca. Es màs, ni pueden recitar en Nicaragua a su màximo poeta, a Rubèn.
-Ya me di cuenta de eso en lo poco que tengo de estar aquì. Yo me sè tanta poesìa, sobre todo la dariana, de memoria.
-Viniste a Nicaragua como parte de una bùsqueda, Rubèn, no? Todos buscamos algo, a veces lo hallamos, otras veces quisièramos no haberlo encontrado. Yo hallè la genètica, la inseminaciòn artificial y otras cosas. Me enamorè de la medicina desde chavalo, la ciencia siempre me obsesionò. Y miràme donde estoy a mis 62 años, aùn enamorado como el primer dìa a pesar de todo.
-A pesar de todo? Ha tenido remordimientos?Se le ha muerto algún paciente?
El doctor estirò los pies y me mirò fijamente con unos ojos claros como poza en la sombra. –Todos los que escogemos ser mèdicos sabemos que es una lucha a brazo partido contra la muerte y que de todas maneras algún dìa la calaca nos va a vencer. Esa es peor que Mantequilla Nápoles o Muhammad Alì, pega unos nocaùts tan estruendosos e irreversibles. La ciencia es una puerta abierta, y tiene muchos tùneles. A veces hacemos cosas por las mejores razones, con los motivos màs tiernos, con el corazòn en la mano y se nos mete jugar a ser un dios que me consta que no existe. Luego, analizamos con frialdad, y acabamos llorando. El mèdico que te diga que nunca ha llorado por lo que ha hecho, es un tamaño mentiroso. Has leìdo a Stephen King?
-Aunque es gringo y tiene un lamentable manejo de su idioma, tiene su gracia. He leìdo muchas de sus obras, aunque creo que se ha mercantilizado demasiado para estos tiempos. Las obras Tommyknockers y Verano de Corrupción estàn bastante lentas , por no decir que la tal Insomnia en realidad me curò un insomnio que jamàs padecì pues me puso a dormir de inmediato...-le dije, asombrado que en pocos minutos el viejo y yo hubièramos entrando en sintonìa en la misma frecuencia.
-No me extraña que a alguien como vos algunas obras le parezcan anestèsico. Pero bueno, el barbudo gringo en una de sus novelas, creo que fue en Cementerio de Mascotas, dice que el terreno del corazòn de un hombre es muy àrido, por eso uno siembra lo que puede, lo cuida y luego lo cosecha. Nada màs verdadero ha dicho King para mì.
-En realidad creo que ahì usted tiene mucha razòn, doctor. Bueno, lo dejo, debo ir a hacer mis tareas, escribirle a mi primo por e-mail. Espero verlo de nuevo pronto, ha sido muy interesante nuestra charla.
-Y para mì ha sido una satisfacción haberte vuelto a ver, Rubèn...
-Haberme vuelto a ver....?
-Bueno, cuando hiciste el examen, vi cuando entraste al aula, y luego con lo de tu 98. Ya sos una pequeña gran celebridad en la universidad, el inglesito sesudo...
-Ah, por eso, bueno...uno hace lo que puede. Bueno, doctor, estamos en contacto.
-Claro, andà con cuidado, hijo.
Asì de sencillamente comenzò mi amistad con uno de los hombres màs extraordinarios que han existido. Andrès Abaunza y yo tenìamos algo muy fuerte en comùn: un amor desmedido por Angela Abaunza. Por supuesto, yo aùn no podìa confesarle a mi genial tìo los lazos de sangre que nos unìan ni mi obsesión por mi madre. La confianza entre el cientìfico y yo llegò a ser tan completa que èl me llevò a su casa, donde tenìa un enorme laboratorio, y yo le invitè a mi apartamento. Ian Heathstone desde Londres me advertìa que no diera un paso en falso, que una indiscreción y todo se venìa al piso. Le comentè sobre mi deseo de publicar otro libro y me aplaudiò la idea. Ian querìa que lo editara en Londres.
Comencè a recopilar el material nuevo, y conforme iba juntando mis escritos me di cuenta que la perfecta forma de alcanzar a mi madre serìa dedicàndole el libro a ella. A pesar del paso del tiempo, nunca habìa tenido la oportunidad de sentarme con ella o con mi papà, ni en sus oficinas ni en la casa. El hecho de haber aprobado el primer año de la carrera de filologìa y comunicación con un 100 de promedio me acreditò una beca doble A, pero no me aterrizò en la oficina de la remota vice-rectora acadèmica que era Rosangela Abaunza. Andrès Abaunza me celebrò mi promedio llevàndome a cenar, y fue ahì donde mencionò que su hermana en efecto era bastante inabordable a nivel personal. Comentò que desde el macabro secuestro de su ùnico hijo, Rosàngela Abaunza no le daba oportunidad a nadie de acercàrsele emocionalmente, excepto a su taciturno marido ucraniano. Andrès Abaunza, quien adoraba a su hermana menor, se veìa distanciado de ella a pesar de trabajar en la misma universidad.-Yo creo que los ùnicos que la entienden son esos gatos que ella tiene.
Cuando mi libro ya vino editado desde Inglaterra, al ver la dedicatoria en letras doradas me envalentonè. Jodido, nadie se puede resistir al amor, me dije. Tomè uno de ellos y una tarde lluviosa en que el cielo se despedazaba en rayos sobre Managua, me encaminè hacia su despacho en la universidad. La asistente, una gorda que era su cancerbero y que nunca permitìa acceso a ella, no estaba en su escritorio. Yo la habìa visto salir hacia uno de los kioscos de la universidad, estuve espiando con el corazòn en la boca, y cuando la vi salir supe que era mi ùnico chance. Entrè sin tocar. Rosàngela miraba la rayerìa desde su ventana. Saquè desde debajo de mi chaqueta el libro.-Profesora Abaunza.
Ella se volteò sùbitamente.-Ah, hola, Rubèn. No te escuchè entrar.
-Disculpe que no toquè. Quiero dejarle mi segundo libro, que sea la primera persona que lo tenga. En la semana que viene es el lanzamiento oficial.
Rosàngela Abaunza se aproximò a mì lentamente y me tomò el rostro entre sus manos. Me dio un beso en la frente mientras los pulsos me amenazaban con estallar.-Tomà, firmàmelo de tu puño y letra. Un libro no se da sin el autògrafo.
-Ya vio la primera pàgina?
Rosàngela Abaunza abriò el libro, luego me mirò fijamente, y me puso el lapicero en la mano.-Por què a mì, Rubèn?
Traguè gordo.-Porque por fin di con vos. Me arrancaron de vos cuando no tenìa ni 4 años. Pero he vivido todos estos años para este momento, de volverte a ver.
-Què?
-Soy tu hijo Rodion Fèlix Rubèn. Regresè de Inglaterra, adonde me llevaron los secuestradores. No tuve otra misiòn en la vida que sobrevivir para poderte ver de nuevo. Y todavía la pregunta de por què la dedicatoria? Què amor puede ser tan grande como el que hay entre un hijo y su mamà?
Rosàngela Abaunza cayò sentada en el sofà tapizado en rosas que tenìa junto a su escritorio. Me sentè a su lado y la tomè en brazos.-Madre, es una larga historia.
Cuando acabè de detallarle por todo lo que habìa pasado en tantos años, ya la tormenta habìa amainado y eran casi las siete de la noche. Ella alegaba que la policía le habìa entregado mi cadáver, destrozado por cierto, y sin el corazòn, lo cual era una macabra coincidencia con el destino que Sir John originalmente tenìa para mì. Me reprochaba el silencio, por què no habìa buscado còmo comunicarme, y querìa una prueba. De niño yo tenìa un lunar de sangre en el pliegue inferior de la nalga izquierda. Me pidiò confirmar eso, que me quitara la ropa para verlo. El lunar en cuestión habìa sido objeto de bromas de parte de Sir John y del mismo Ian Heathstone, que lo llamaban la pezuña del diablo por su forma. Al parecer el lunarcito lo llevaban todos los Abaunza, segùn me aclarò ella mientras me despojaba del jeans que yo llevaba puesto. La tibia mano de Rosàngela se posò en mi trasero y sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando confirmò la existencia del lunar. Me quedè desnudo de la cintura para abajo mientras ella se quitò el vestido que andaba y me mostrò su versión del lunar, colocado debajo de un seno. Fue cuando mis hormonas tomaron control de mì y me abalancè sobre el abismo espantoso del juicio. Estaba listo para amar, exactamente a como un hombre ama a una mujer y no a su madre. Rosàngela Abaunza se despojò de toda su ropa y sabiendo que lo que sucederìa irìa contra la ètica, las reglas de la naturaleza, el reglamento universitario y los principios de la familia, puso a un lado el libro y caìmos en el sofà enredados el uno en el otro.
Una ternura sin lìmites se apoderò de nosotros.-Morirìa por vos-me dijo Rosàngela Abaunza, besàndome intensamente, miràndome con los ojos luminosos.-Casi morì cuando te llevaron. Esta vez no te puedo perder. Harè lo que sea para que no me dejès.
Firmè el libro con la dedicatoria de “a la mujer màs amada del mundo” y no me equivocaba. Sabìa yo, desde que era un adolescente en Londres, que jamàs mujer alguna me darìa la satisfacción que ella me daba ahora? Por eso fui tan parco y seco con las adolescentes que me seguìan? Era mi madre, pero tambièn era mucho màs. Era el amor absorbente, pasional, el ansia de la carne por la carne, carne celeste de mujer. Desde chiquito, me acostumbrè a su olor, a su suavidad, a la textura de su pelo, el contorno de la boca, al calor que emanaba de su cuerpo. Jamàs podrìa renunciar a ella. Y èse iba a ser el lìo, porque estaba casada con nada menos que con mi papà. Papà? Es solo el que engendra el padre? Y el que crìa? Por todo, Sir John fue mi papà. Aùn cuando quiso inicialmente utilizarme para salvar a su hijito. El amor vino después, pero estuvo muy presente hasta que el viejo se muriò. Rosàngela Abaunza era mìa, mi motivo de estar vivo, mi norte, y nadie se interpondría entre ella y yo.
Rosàngela Abaunza al dìa siguiente me llevò a su casa. Comenzò a usar gafas oscuras pretextando problemas de la vista, pero en realidad me confesò que era para que papà no viera còmo me miraba. No podìa esconder su mirada de mujer enamorada. Rodion Fantaleiko me abrazò càlidamente y me dijo que deseaba que me mudara a la casa con ellos, pero yo aduje que aunque me encantaba la idea, ya tenìa mi propio apartamento, estaba bien cuidado por doña Mercha, tenìa mi propia colección de gatos y dado que traìa costumbres europeas, era mejor a como estàbamos. En Europa muchos jóvenes de mi edad ya tenìan su propio apartamento, aunque sus padres nunca los hubiesen corrido oficialmente. Le autografiè su libro a Rodion, quien dijo que serìa el hombre màs envidiado de toda la refinerìa por ser el padre de un poeta.
Andrès Abaunza estaba feliz de ver que su hermana recobraba la sonrisa espontànea, y se enorgullecìa de ser mi tìo. El lanzamiento del libro fue todo un èxito y fui reconocido en pùblico por mis padres. Vendì muchos ejemplares, lo cual ya era algo en un paìs donde nunca se ha fomentado el hàbito de la lectura.Ya no era “el inglesito sesudo”, era un nicaraguense màs. Mandè las fotos del evento a Ian Heathstone, quien me felicitò por haber dado un paso tan trascendental. Me recordò que siempre la familia era lo màs importante, y por eso que no lo olvidara aunque no hubiera consanguinidad entre ambos. Al recibir las fotos en las que aparecìa Rosàngela Abaunza, Ian Heathstone con su habitual franqueza me escribiò que le preocupaba la mirada de mi madre. She loves you to pieces. Te ama hasta casi hacerte pedazos.
Me comentaba que èl sabìa de varios casos de madres quienes después de no ver al hijo o la hija tras mucho tiempo, se convertìan en pulpos que asfixiaban a la crìa. Temìa eso para mì, y me recordaba que Sir John siempre me habìa idolatrado, pero me dio siempre chance de volar.
Ian Heathstone no dejaba de tener razòn, pero no se lo podìa confesar por què.
Tras esa tarde inicial cuando Rosangela Abaunza y yo acabamos amàndonos desenfrenadamente en el sofà de su oficina, hubo una plèyade de encuentros eròticos aùn màs intensos. Aprendimos juntos cosas que ni la imaginación a veces alcanza. Rosangela no podìa contenerse, y creo que yo tampoco. Huìa de todos para estar con ella, y no podìa mantener mis manos sin tocarla apenas pasara a mi lado. Rosàngela Abaunza era adictiva, y produje un montòn de sonetos inspirados por la obsesión incandescente que me producìa. Ella misma me decìa a veces, profundamente ruborizada, que “solo quiero estar en eso.” La cancerbera gorda que era su asistente fue promovida a otro cargo, y ella se quedò con una joven distraìda de gafas gruesas y piernas de palitroques.
Lo bueno fue que mi promedio espectacular siguió igual en la universidad.
Lo malo fue que Andrès Abaunza sospechò que algo raro estaba sucediendo. Ya no lo buscaba yo como antes en mi ansiedad por acercarme a Rosàngela Abaunza. Una tarde en la que logrè visitarlo en su casa para hacer el tè juntos, el cientìfico me llevò por primera vez al laboratorio que tenìa en el traspatio de su casa. Contemplè maravillado aquel laboratorio. –Esto es un mundo aparte, tìo.
-Claro que lo es. Y serà mejor gracias a vos.
-Y a mì por què?-preguntè asombrado.
Me mirò desconcertado por un momento. Entonces de la gaveta de un escritorio sacò un sobre que contenìa varios documentos. Era el papel membretado de una de las empresas que regentaba por mì Ian Heathstone. Leì los documentos. En ellos se plasmaba todo pormenor relativo a una subvención mensual que mi tìo recibirìa de dicha empresa para financiar sus investigaciones genèticas. Era el sueño de todo cientìfico. Debìa abrir una cuenta en un banco para poderle depositar todos los meses una gruesa suma a su nombre, “para su uso incuestionable.” Abajo estaba la firma de Ian Heathstone. El sabìa que yo tenìa todas las intenciones de beneficiar a mi familia y se habìa ocupado de eso. Sonreì pensando en que Ian Heathstone me leìa la mente.-Bueno, es parte de mis intenciones, tìo. No lo hice yo personalmente pero mi primo inglès conoce bien todo lo que pienso y debo hacer. Tarde o temprano esto iba a suceder. La verdad, yo he estado ocupado con mis estudios.
-Y te felicito por mantener tu promedio de cien, sobre todo que les dan a aleer cantidades navegables. Pero no ha sido solo eso. Què es Rosàngela para vos, hijo? Yo sè que no todos los dìas uno reencuentra a la madre. Pero...has visto còmo te mira? Te has visto vos còmo se te ilumina el rostro cuando la ves? Has estado tan obsesionado con ella que todo aparte de ella es secundario. No, no te censuro. Yo soy quien menos puede censurarte. Recordà que para los cientìficos no hay nada bueno ni malo. Las cosas son y punto. Suceden. Y muchas veces nosotros mismos traspasamos el umbral entre lo que debe ser y lo que no se hace, jugamos a ser dioses, quizàs con la noble intenciòn de beneficiar a la humanidad, a los animales o què sè yo. Mirà, en realidad yo he hecho mal en no contarte algunas cosas, pero tenìa que cerciorarme que eras vos y que no estaba cometiendo un desatino.
-Tìo, yo la adoro.
-Es obvio, y yo tambièn. Y el ucraniano tambièn, tu padre.
-No la voy a soltar, asì tenga que matar por ella. Ya sufriò lo suyo cuando me perdiò la primera vez. Ahora ni con todo el Ejèrcito Rojo de Rusia me pueden apartar de ella.
-Tenès razòn, pero cuando te llevaron siendo un chiquito, fue la segunda vez que te perdiò.
-Segunda?
-Sentàte porque te vas a caer de culo cuando te cuente todo. Pero es mi obligación si de veras quiero que me creàs cuànto cariño tengo por vos. Yo nunca tuve hijos, y hubiera querido uno como vos. Rodion conociò a tu mamà cuando ella estudiaba en lo que era la Uniòn Soviètica. Rodrion regresaba a Chernobyl de un viaje estudiantil al Càucaso cuando se dio el desastre nuclear de Chernobyl. Estuvo expuesto a la radiación, pero no directamente. Pero aùn asì tuvo secuelas. Normalmente hubiera quedado estèril. No fue asì. Eso quizàs es peor, pues las personas asì tienen la capacidad de engendrar mutantes, monstruos, deformes, como les querràs llamar. En ese entonces comenzaba el romance con Rosangela. No la quiso perder confesàndole la posibilidad de tener descendientes defectuosos y asì logrò casarse con ella. El clavo es que tu madre querìa hijos a como fuera, estaba enloquecida por tener un bebè. Cuando tras mucho esfuerzo saliò gràvida no cabìa en sì de gozo. Pero el embrión traìa un defecto. Se hizo exàmenes y le recomendaron abortar porque el niño no tenìa encèfalo. Nadie vive sin sesos, aunque los polìticos nos hagan creer que ellos sì lo logran. Tu padre insistìa, sintièndose culpable, que abortara. Ella recurriò a mì, asiendo los exàmenes. Nunca pude resistir las làgrimas de mi hermanita, e hice lo que pude. El embrión ya era caso perdido, pero mientras hay voluntad y esperanzas, todo se puede esperar. En una campana de vidrio tenìa uno de los tesoros màs grandes de la historia. Echè mano de èl, aunque ignoraba hasta dònde serìa viable. En fin, Rosangela ya no tenìa nada que perder. Si todo fallaba, priorizaríamos la vida de ella, y el embrión se iba al carajo.Entre otros dos doctores y yo practicamos una cirugía insòlita. Lo peor del caso es que no podemos dar a conocer cuàn exitosa fue porque de seguro nos mandan a la silla elèctrica por jugar a ser dios, los moralistas nos van a devorar vivos y hasta los mismos mandatarios que regalan manuscritos de sus grandes poetas y para colmo a ignorantes no van a condenar por usar el patrimonio nacional.
Guardè silencio. Estaba estupefacto.-No acabo de entender.
-Ese embrión eras vos. Y le implantamos el cerebro extraviado de Rubèn Darìo, el cual por puro accidente vino a dar a mì desde los Estados Unidos. Vos sabès que al morir Darìo en Leòn un 6 de enero de 1916 en horas de la noche, le sacaron el cerebro. Disputas hubo, y el hermano de Rosario Murillo le echò el guante. Tras muchos vericuetos, el cerebro del genio fue llevado a Estados Unidos y preservado allà por una pareja de cientìficos cuyo hijo fue profesor mìo en Inglaterra. Al morir ellos en un descarrilamiento de trenes miprofsor ya se habìa suicidado, y una parte de sus bienes cayeron en mis manos y yo continuè con sus estudios. Parte de este laboratorio pertenecìa a ellos. Entre las cosas venìa el cerebro. Estaba vivo aùn. Cuando Rosangela vino a llorar aquì, no tuve mejor idea que echarlo a andar.
Ahora es parte de tu cuerpo, vos sos como una reediciòn de Rubèn Darìo. Hasta la vez, solo lo mejor de Darìo ha salido a flotar en tu vida. Pero recordà, el alcohol hace estragos en las neuronas, y no sè cuànto daño sufriò el cerebro del genio a consecuencia de su alcoholismo. Por eso te digo que siendo un embrión, ya estabas perdido, y las locuras de un cientìfico, te rescataron. Cuando te secuestraron, ya era la segunda vez que tu mamà te perdìa.

Tenìa ganas de llorar. Era curioso, yo nunca habìa sentido inclinación por el alcohol. Hasta la vez, no tomaba ni cervezas. Habìa sido tan deseado por mi madre que se expuso hasta a cirugía experimental. Habìan dos pequeñas cicatrices, como surcos, debajo de mi espesa cabellera cobriza. Mi ego se sentìa engrandecido, pero solo pensar en lo que ella hizo por tenerme me hacìa sentir compasión por Rosangela Abaunza. El amor de veras era complicado y no tenìa lìmites. Y yo la idolatraba sin barreras ni escollos. Harìa cualquier cosa por ella. Ateo recalcitrante, mi dios era ella. Y aunque amaba a Rodion, a mi tìo y a Ian Heathstone, nadie podrìa ser tan adorado por mì como ella. Andrès Abaunza tuvo que cargar con el secreto durante años, y por fin habìa podido desahogarse conmigo.
Quisiera darle un final feliz a esta historia, porque Rosangela lo merece. O su memoria. Una noche, mi padre Rodion nos encontrò juntos en mi cama en mi apartamento, en una noche en que yo habìa dado permiso de ir a casa a doña Mercha. Preso de la ira, tomò un cuchillo de cocina y tras mutilar a Rosàngela, la matò clavàndole el cuchillo en el corazòn. Yo tratè de escaparme pero me alcanzò en el porche, donde me asestò una estocada en la columna vertebral. Los vecinos llamaron a la policía, pero llegaron cuando ya Rodion se habìa quitado la vida con el mismo cuchillo. Yo me iba desangrando camino al hospital. Mi tìo llegò cuando me iban a meter al quirófano para hacer lo imposible para salvarme.
Lo que fue mi cuerpo fue enterrado junto con los cadáveres de mis padres en Managua. Los periòdicos nos hicieron trizas. Pero yo estoy de nuevo con Ian Heathstone. Andrès Abaunza me trajo de regreso a Londres cuando Ian Heathstone llegò a Managua a disponer de lo que me perteneciò. Los gatos de mi madre y los mìos fueron traìdos acà, y el mismo Ian se ocupa de ellos. Yo los contemplo desde mi campana de vidrio en el sòtano de la mansión que ocupa Ian Heathstone y recuerdo. No los puedo acariciar porque no tengo manos ni cuerpo ni nada. Es triste vivir solamente del recuerdo. Recuerdo cuando fui parte del Príncipe de las Letras Castellanas. Rememoro mi breve existencia como el hijo que amò a Rosàngela màs allà de la sangre. El alimento lìquido me mantiene vivo. Pero a veces creo que la eutanasia es algo lògico. Si no se puede vivir deben de permitir que uno tenga una muerte digna. Ian Heathstone no me quiere soltar porque me ama. Y yo a veces lo entiendo. Yo tampoco quiero soltarme de este hilito de vida, porque tengo todo el tiempo del mundo para recordar a Rosàngela Abaunza.

Cecilia Levallois
6 de mayo de 2007.